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domingo, 21 de abril de 2013

Mini de gatos y perros





“¿Dónde está el perro?”, preguntó el gato después de incorporarse tras el viaje, a dentelladas, que le hizo emprender el perro por encima de la mesa y tras quedar despatarrado en la esquina del salón. Desentumeció sus músculos doblando el lomo y estirando las patas delanteras. Sacudió la cabeza como si estuviera mareado, aturdido o desubicado. Tenía los bigotes destensados, como una cuerda rota de guitarra inservible. Terminó por arrancarse un maltrecho colmillo que le colgaba de un fino hilo de encía y se lamió la cavidad con gesto amargo, pero siguió sondeando con la lengua cualquier resto de sangre que pudiera esconderse en el hocico. De la cavidad donde había estado anclado por años el viejo colmillo brotaba abundante sangre; escupió un pequeño coágulo y avanzó, parsimonioso, hacia el pasillo. Intenté cortarle el paso inútilmente y disuadirlo de que fuera en busca del perro, al que vi correr escaleras abajo con la intensión, vacua, de no regresar hasta que el gato hubiera muerto, porque él sabía que ya no podría volver a tirarse relajado y despreocupado en el pasillo, enroscarse en el sofá  o dormir la siesta en el balcón en verano, pero el gato, elevando de modo regio y desafiante la cola y las orejas, zigzagueó entre mis piernas en un silencio mortal. Cuando alcanzó la puerta entornada giró la cabeza muy despacio, como si se estuvieran plegando maltrechas bisagras y dejó en el aire, vocalizando de forma nítida y amenazadora: “En peores refriegas me he visto”, y me guiñóel ojo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Micro para una mañana de sábado que parecía como otra cualquiera hasta que la poesía entró por la ventana...

Me había decidido a desmontar las estanterías y pasar la mañana limpiando libros uno a uno, pero al quitar la primera hilera de unos 20, me di cuenta de que la marca de polvo era muy, muy densa, como si
quisiera ser lecho de las palabras...Me ha parecido una metáfora tan hermosa de los vestigios que deja la sabiduría como huella indeleble que, con "Cuaderno de NY", de José Hierro en la mano izquierda y el paño del polvo amarillo en la otra pensé: que no seré yo, simple y mortal lector, quien quite abrigo a las historias y personajes que duermen allí guarecidos; arrancándolos de su sueño; de su descanso tras llenar mi vida todos estos años.
Así que he cerrado la puerta y me he ido a hacer algo menos poético y cotidiano...como fregar.

domingo, 26 de febrero de 2012

Los tacones. Claudio Ramírez.




Odio mis pies. Son ellos los que me traen de regreso. Marcan las pautas de mi vida y deciden por mí. Por mucho que intente alejarme, ellos regresan. Solos, como si tuvieran su propia consciencia y mostraran de esta forma su poder sobre mí. Se enfundan unos tacones altos, y emprenden el camino de vuelta. Los tacones resuenan como el latir de un corazón, enfebrecido, y la desazón aumenta en cuanto me acerco a estas calles, a esta esquina. Deseo huir, pero ellos se niegan a obedecer y comienzan sus paseos calle arriba, calle abajo, exhibiéndome. Yo no puedo hacer otra cosa, que contemplarlos desde lo alto y maldecirlos.



Una sombra se alza a mi lado y tiemblo de terror.

-¡Nena! Yo no te he pagado para mantener una conversación; así que abre la boca y empieza a mamar.

sábado, 28 de enero de 2012

De vuelta a Mi espacio.

Desde esta mañana tengo una extraña sensación alojada en algún lugar de mi cuerpo. No la siento directamente en una mano, en una pierna o en el codo. Tampoco tengo esa sensación recorriendo mi espalda, ni en ninguna pieza dental, ni en un ojo. Es como frío; como el vació. Como si me hubieran arrancado las entrañas a toda prisa y luego hayan cerrado el tajo con manos torpes y apresuradas. No siento ningún dolor. Quiero decir; duele, duele mucho, pero no es un dolor conocido, ni definido ni localizado; es casi como si no doliera. Es una sensación que no se parece a ninguna otra que haya tenido antes en mis treinta y cinco años. No es parecida al odio, ni al rencor, la desesperación, el desamor, la pérdida…tampoco siento que me ronde la muerte, porque creo que la muerte sería el fin de esta sensación y no la estaría sintiendo en este preciso momento. No es un malestar físico; me encuentro perfectamente, salvando los problemas de hipertensión que últimamente el médico me ha estado tratando, y hago casi sin esfuerzo cualquier actividad. Respiro con normalidad, mi pulso es normal y delante del espejo he puesto en práctica todo mi histrionismo con todo tipo de muecas. Todo es normal, excepto esa extraña sensación que sigue latente en alguna parte de mi cuerpo. Después de teclear el punto y final en este documento que estoy escribiendo voy a intentar descansar un poco, aunque ni estoy cansado ni tengo sueño, pero me voy a echar un rato con la esperanza de que cuando…La desesperanza.

martes, 20 de septiembre de 2011

Los madrugadores.

Esta mañana me levanté a las cinco para ir al trabajo. Me saqué las legañas con tenazas y desayuné un colacao recalentado en el microondas. Cuando bajé a la calle, descubro a un tipo que hacía footing calle abajo. ¿Qué clase de perturbado mental hace deporte a estas horas de la mañana?, me preguntaba yo. Mientras subía la puerta del garaje nuestras miradas se cruzaron. No me gustó nada su actitud, parecía decir: ¿Qué clase de pringao se levanta a estas horas para ir a trabajar?

martes, 23 de agosto de 2011

Palabras en el Jardín


Era tarde y la fiesta ya había decaído, además nuestras diferencias personales habían salido a flote una vez más. Javier se había enervado bastante con el mal clima y recuerdo aun sus últimas palabras antes de salir al jardín “de momento voy a ir llenando la piscina hinchable…” ese fue el único momento en el que todos nos pusimos de acuerdo inconscientemente para reír juntos, pero solo hasta que nos dimos cuenta y el silencio volvió a matar la risa. Esa fue la última vez que Javier nos hizo reír a todos antes de que su corazón decidiera pararse…

lunes, 22 de agosto de 2011

Mi espacio 48. El dibujo

Me levanté de la cama y descalzo caminé hasta la cocina. Abrí la nevera y bebí directamente de la botella de leche. Encendí un cigarro y me senté en el sofá, mirándola mientras dormía. Sólo sus suaves ronquidos rompían el silencio; unos silbidos que me parecieron muy simpáticos porque a la vez hinchaban y deshinchaban su vientre. Sonreí y en ese momento quise dibujar su cuerpo, ligeramente tapado por una fina sábana de algodón. Busqué con la mirada un lápiz o un bolígrafo. Sobre una mesita junto al teléfono había un antiguo listín telefónico que me serviría para dibujar. Cuando me quise levantar a por el rotulador que estaba junto al ordenador y para estrujar la colilla del cigarro en el cenicero sentí una extraña flojera en las piernas y en los brazos, como si mi cuerpo fuera de trapo y no atendiera a mi voluntad de movimientos. Quise gritar su nombre para despertarla pero el aire quedó atrapado en mi garganta. Me ahogaba y sólo sentía un febril deseo de buscar una bocanada de aire. Por mi espalda resbalaban gordas gotas de sudor y un helado escalofrío me dejó inmóvil, como si un ejército de hormigas gigantes ascendiera por mi columna e intentaran arrancarme la cabeza del cuerpo. Como pude, a rastras, conseguí alcanzar la pata de la cama en la que ella seguía profundamente dormida. Intenté incorporarme agarrando con todos mis fuerzas la sábana que tapaba su cuerpo pero me volví a desplomar. Boca arriba me asfixiaba, como si me aplastara la enorme pata de un elefante, pero no podía moverme y mi corazón se volvió un viejo motor diesel. Volví a gritar su nombre pero ni siquiera yo podía escucharme. Cerré los ojos y decidí rendirme. Dejé de buscar aire desesperadamente y esperé pacientemente a que los rayos del sol consiguieran despertarla, y que yo siguiera con vida.

Me despertó con un beso en cada párpado y una taza de café que pasó por delante de mi nariz. Descorrió las cortinas para que el sol iluminara el salón y me cegara. Sorbí el café a la vez que me incorporaba. Metí el dedo corazón en el charco de saliva que dejé a los pies de la cama. Escruté toda la casa como si la viera por primera vez en mi vida, como si me encontrara perdido en medio de una ciudad desconocida y la gente pasara junto a mí al encuentro con su rutina. Ella volvió del baño, desvistió la cama y golpeó con fuerza repetidas veces el colchón. No dije una sola palabra. Apuré el café, dejé la taza sobre la mesita del teléfono y entre las líneas del listín telefónico su cuerpo desnudo a medio dibujar.



R.M.V.


jueves, 28 de julio de 2011

Micro


Este microrelato es de Enoc, al que estoy haciendo famoso en este blog en un par de días, pero es que el amigo tiene escritas cosas extraordinarias; relatos como éste que, aquella mañana que lo leí, me entusiasmó.


Percibí su olor nada más llegar a casa inundándome con un millón de sensaciones... como cada viernes, pero en jueves.

Cerré la puerta y dejé las llaves y el maletín sobre la mesa auxiliar de la entrada, inquieto, desconfiado.

Algo inusual pasaba, algo debía haber ocurrido para este cambio inesperado en el calendario. Durante cinco años, invariablemente, era en viernes cuando al llegar a casa me recibía aquel aroma acogedor, aquella esencia que evocaba pasajes de mi vida pasada y presente, el olor que impregnaba mi ropa, mi cama y cuya presencia se iba diluyendo a lo largo de la semana hasta que el viernes, otra vez, como cada semana, retornaba para hacerse de nuevo más intenso.

Pero hoy era jueves... nunca antes había habido un cambio.

Nunca hasta hoy.

Avancé lentamente siguiendo su inconfundible olor a flores. Adiviné su presencia por la sombra que se movía tras la puerta abierta del jardín, las cortinas ondeando con la suave brisa. Me acerqué, las descorrí y allí estaba, tendida en el jardín, el agua de la piscina tras ella lanzando destellos que refulgían dando a la estampa una imagen de ensueño.

La brisa golpeó suavemente mi cara y aspiré hondo cerrando los ojos para disfrutar por unos segundos de las sensaciones que anegaban todo mi ser.

Los abrí de nuevo y gocé de la visión: su blancura acentuada por un rayo de sol que incidía directamente sobre ella. Me inundó la sensación de estar de nuevo en casa, como cada viernes pero en jueves y fue este pensamiento el que de repente me despertó de mi ensueño: no podía perder de vista que estaba viviendo las mismas emociones en el día equivocado.

Giré bruscamente sobre mis talones.

Apuré el paso hasta la cocina donde encontré un papel escrito que descansaba sobre la mesa.

Acorté despacio la distancia que me separaba de la nota, agarré la silla colocada frente a ella y me senté dispuesto a encontrarme con lo que fuera...

Reconocí perfectamente la letra... y leí:

“Señor:

Hoy he venido en jueves porque mañana he de viajar al entierro de mi primo Anselmo. He pasado la aspiradora, he limpiado los altillos y he hecho la colada con extra de suavizante como a usted le gusta. La he tendido en el jardín para que se seque al sol.

Que tenga una buena tarde.

Irene.”


E.S.G