porque he dudado seriamente de la confianza en mi equilibrio después de retozar más de diez horas en incontadas posiciones distintas en una cama que parecía estar en el planeta Mercurio. Una ducha fría, camiseta, vaqueros y zapatillas, un par de euros en el bolsillo trasero, y he bajado al bar a comer algo sentado debajo del ventilador. El monje sin capucha que tiene Paco colgado en la pared junto al televisor señala con una varilla partida “día seco”; pero ese premonitorio “día seco” también lo marcaba ayer, anteayer y aquel día de diciembre que llovió diez horas seguidas y que casi convierte a Puerto en Nueva Orleans. Paco me preguntó por tí con la bayeta amarilla entre las manos y una corrediza gota de sudor que descendía por el carrillo izquierdo y se perdía entre los pelos de su cuidadísimo bigote. Rober me ha llamado al móvil mientras discutía, sin mucha pasión, con Paco sobre el partido de anoche. Hemos quedado para la tarde, donde siempre, a las ocho u ocho y media.
viernes, 13 de septiembre de 2013
Un día como el de ayer
porque he dudado seriamente de la confianza en mi equilibrio después de retozar más de diez horas en incontadas posiciones distintas en una cama que parecía estar en el planeta Mercurio. Una ducha fría, camiseta, vaqueros y zapatillas, un par de euros en el bolsillo trasero, y he bajado al bar a comer algo sentado debajo del ventilador. El monje sin capucha que tiene Paco colgado en la pared junto al televisor señala con una varilla partida “día seco”; pero ese premonitorio “día seco” también lo marcaba ayer, anteayer y aquel día de diciembre que llovió diez horas seguidas y que casi convierte a Puerto en Nueva Orleans. Paco me preguntó por tí con la bayeta amarilla entre las manos y una corrediza gota de sudor que descendía por el carrillo izquierdo y se perdía entre los pelos de su cuidadísimo bigote. Rober me ha llamado al móvil mientras discutía, sin mucha pasión, con Paco sobre el partido de anoche. Hemos quedado para la tarde, donde siempre, a las ocho u ocho y media.
martes, 20 de noviembre de 2012
MIS MAMARIAS l.
martes, 10 de enero de 2012
Un día de Otoño
UNA DÍA DE OTOÑO
Hace días fui testigo de algo que me convirtió la sangre en arena. Acompañaba a una pareja, amigos míos, Enrique VIII y Catalina de Aragón, (estos no son sus verdaderos nombres ya que los suyos ni el mío transcienden en esta historia) nos trasladábamos en el coche propiedad de Enrique VIII hacía la casa de campo de otro amigo en común, Den xiao ping (ni que decir tiene que tampoco es su verdadero nombre...) El camino era tranquilo y el día soleado y veraniego a pesar de estar en pleno Otoño. Todo iba tranquilo, disfrutábamos del paisaje como cualquier otro dominguero, nuestra velocidad de crucero era de 38 Km /h, la conversación era amena y divertida y el día prometía ser agradable. Fue a los pocos kilómetros de recorrido y cuando pasábamos por una zona caracterizada por sus acentuadas pendientes, cuando al llegar a lo alto de la primera de ellas, vimos los que nos marcaría para el resto de nuestras vidas. Lo que empezó siendo un punto lejano en el horizonte, se convirtió poco a poco (poco a poco por que íbamos a 38 km. H.) en la figura de un ser humano subido a una bicicleta, al principio no lo podíamos creer y nos mirábamos unos a otros sin decir palabra esperando que fuese una alucinación colectiva o un efecto del sol reflejando aquello en el asfalto, pero a medida que nos acercábamos a lo alto de aquella pendiente terrible nuestras esperanzas de que fuese irreal se desvanecieron como humo, aquel tipo estaba subiendo la pendiente en bicicleta.
Es curioso como el ser humano a veces se sincroniza para ciertas cosas ya que al darnos cuenta de la realidad de lo que veíamos, los tres exclamamos al unísono “!La virgen¡” y fue entonces cuando el coche paso al lado de este héroe-suicida y cuando también ocurrió ese famoso efecto que se ve en las películas cuando todo va pasando en cámara lenta y puedes apreciar todos los detalles del momento, vi como los tres giramos la cabeza hacia la derecha para admirar aquel despliegue de valentía, esfuerzo, sacrificio y si, porque no, también estupidez. Los músculos de sus muslos se tensaban como cuerdas de piano y brillaban con el reflejo del sol, y junto al esfuerzo de los gemelos actuaban como pistones que subían y bajaban haciendo avanzar aquella maquinaria legendaria mientras que los brazos, hercúleos, mantenían la firmeza y el rumbo. Su torso encorvado ligeramente hacía adelante se hinchada y desinflaba con un ritmo casi hipnótico y su cabeza mirando hacia adelante nos proporcionaba un perfil que representaba el rostro del esfuerzo en su máximo punto, el sudor caía como un ligero rocío sobre sus brazos y piernas haciendo a su vez que todo el engranaje estuviese perfectamente lubricado, y fue en ese momento cuando nuestro héroe giro lentamente la cabeza hacia nosotros, parpadeando solamente una vez y derramando aquel aceite sudoroso por todo su cuerpo, y comenzó a dibujar una sonrisa, con aquella boca que hacía unos milisegundos era la viva imagen del sufrimiento eterno, y su ojo izquierdo comenzó a cerrarse para evocarnos un guiño mientras su cabeza miraba completamente para nosotros y la sonrisa llegaba a su máximo esplendor. En este punto he de decir que los tres observábamos aquel fenómeno con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta y puedo asegurar que en aquellos breves instantes ninguno de los tres consumió oxigeno dentro del coche. Fue entonces cuando nuestro ciclista espartano retorno la mirada hacia adelante y a recuperar la expresión de dolor cuando nos dimos cuenta que sus nalgas reposaban tranquilamente en el sillín de la bicicleta y fue ahí cuando nuestros rostros terminaron de desencajarse para tornarse muecas de terror-shock-admiración. El tipo estaba escalando aquella montaña inexpugnable sentado, y fue cuando dejé de sentir el latido de mi corazón y el fluir de mi sangre en las venas, no me lo podía creer, había estado todo el tiempo sentado sobre aquel corcel de fibra de carbono desafiando todas las leyes de la física, la química y diría que hasta de la gravedad, no podía ser, mire a mis compañeros y me di cuenta que ellos también se habían percatado de aquel “detalle” magnífico y sus caras lo reflejaban, fue en ese instante cuando el tiempo volvió a su velocidad normal y todos recuperamos la vista hacia el frente temiendo volver a mirar, y de nuevo por sincronía los tres volvimos a exclamar pero casi susurrando “!La virgen¡”
Dejamos atrás aquel fenómeno de la naturaleza y ninguno volvió la vista hacia atrás, ni siquiera Enrique VIII miro por el retrovisor, ninguno habló durante un buen rato, seguramente todos estábamos repasando en nuestras cabezas lo que acabábamos de acontecer, tratando de darle veracidad y sentido o esperando que hubiese sido una especie de alucinación colectiva debida a la presión atmosférica de la subida o al calor, pero entonces fue cuando Catalina de Aragón lo dejó todo claro, miro a Enrique VIII le sonrió y dijo: “!menudo pringao¡”, todos asentimos lentamente una sola vez y estuvo todo dicho.
Cuando llegamos a la casa de campo de Den Xiao Ping no le contamos nada de lo que habíamos presenciado, disfrutamos de una veraniega y agradable tarde de Otoño comiendo y bebiendo en aquel paraje espléndido en compañía de buenos amigos y jamás volvimos a hablar de aquel suceso…
miércoles, 21 de diciembre de 2011
El rifle...revisitado
El rifle color verde pistacho
El desfile del día grande enardeciendo el triunfo de la autócrata Tristeza sobre la vetusta República rodaba por las calles: una silenciosa mancha negra alineada al milímetro. Rictus serios y apesadumbrados que portaban banderas grises y púrpuras a las que el viento apenas conseguía ondear. Los uniformados, de riguroso negro, que encabezaban la comitiva reverenciaban al Presidente que, sentado en su trono de ampuloso oro, saludaba el paso de la marcha con un leve movimiento de cabeza. La audiencia, también uniformada de completo negro, llenaba las aceras de la “Avenida Dolor”, engalanada con luctuosos crespones en los balcones y las farolas. Al final de la Avenida, bajo el Arco del Triunfo, se hallaba el púlpito del Presidente, a más de tres metros del suelo y custodiado por la escolta presidencial, que sujetaban con dificultad a enfurecidos Dóbermans que ladraban enloquecidos al paso del desfile de la Armada. Las perpendiculares “Calle Desesperanza” y “Pasaje Soledad” estaban flanqueadas por enormes guardias ataviados con escudos, cascos, protecciones y fusiles en ristre.
Él deambulaba nervioso por su apartamento. Era consciente de que cualquier paso mal dado fuera del plan sería el fin; la policía entraría a culatazos en su apartamento y en menos de veinticuatro horas, y tras la somanta de palos con la que le invitarían a subir al furgón policial, sería condenado a muerte sin clemencia. A ratos miraba el desarrollo de los fastos anuales en la televisión. Sentado a la mesa del comedor repasaba de memoria las cantidades que debía extraer de cada pipeta que permanecían cerradas herméticamente. Sólo contaba con una bala. Una única oportunidad sin espacio al error. Una sola bala que debía impactar, de forma certera, en pleno corazón del Presidente. El rifle pintado a irregulares brochazos de color verde pistacho descansaba con el cañón apoyado en la puerta de la nevera. Mientras Él se acercaba sigiloso a la ventana y echaba furtivas ojeadas a las azoteas y terrazas adyacentes en las que no cabía un policía más, el Presidente era agasajado con los bailes y volteretas de tres docenas de niños de la Escuela de Danza. Los distintos grupos infantiles, con gorras negras caladas hasta el entrecejo y los colores gris y púrpura de la bandera nacional bordada en las viseras, desplegaban sus tediosos movimientos al ritmo de la letanía de sus maestros. Él se dispuso a rellenar la bala con las minuciosas cantidades memorizadas semanas atrás valiéndose de una jeringuilla de metal: 1 miligramo de esperanza que extrajo del brazo izquierdo de su esposa, 2 miligramos de alegría que extrajo de su hijo pequeño, 1 miligramo y medio de placer que sacó la misma noche de su bajo vientre, 4 miligramos de amor que extrajo de su dedo corazón y 3 miligramos de amistad que los días previos fue aprovechando de las muñecas de los tres amigos implicados en la conspiración y que esperaban refugiados en la buhardilla su llamada tras el atentado. Completó la bala con paciencia y precisión. La levantó hasta sus ojos e inspiró profundamente. Agarró la botella de vino tinto con la que la noche anterior calmó sus nervios mientras pintaba el rifle, y roció el interior de la bala con un chorro que decidió a ojo; la agitó enérgico, y la prensó con gran esfuerzo. Cogió el Rémington verde pistacho de cerrojo y cargó la munición. En la televisión, que permanecía con el volumen al mínimo, el longevo Presidente se dirigía al estrado para entonar la arenga del “Día Nacional”. Sus súbditos, al unísono, hincaron la rodilla derecha en el suelo, se destaparon el cráneo con un gesto rápido, atoraron la cabeza, y se llevaron la mano derecha al corazón; un golpe seco que sonó como miles de bombos baqueteados a la vez. Él bebió a morro de la botella de vino; apagó la televisión y se acodó sobre el improvisado atril que creo con un viejo revistero para poder apuntar con el rifle desde la ventana sin el temor a que el cañón fuera descubierto desde cualquier azotea custodiada. Descorrió lentamente las cortinas para dejar paso a la punta del cañón, y localizó el rostro orondo y presuntuoso del Presidente en el visor. El Presidente desplegó la hoja en la que tenía escrito con letra menuda el discurso; deslizó sus gafas de lectura a lo largo de la nariz y entonces Él divisó su coronilla despoblada. El Presidente volvió a levantar la barbilla y con la mirada recorrió la silenciosa Avenida tomada por miles de obedientes autómatas. Tamborileó con los dedos sobre el micrófono, que le devolvió un pitido. Él, recorrió apuntando su torso y dirigió la cruz de la mira al pañuelo gris y púrpura que sobresalía ligeramente del bolsillo izquierdo de la chaqueta. Cogió aire. Empezó a apretar el gatillo; escuchó su quejoso sonido metálico al replegarse. El Presidente tosió. “Bienvenidos”, saludó a la audiencia con voz gutural. Él parpadeó un momento antes de disparar. El impacto en el pecho del Presidente fue preciso. El proyectil le partió en dos el corazón. En el momento en que su pesado cuerpo se derrumbaba abrió mucho la boca y exhaló un quejido que sostuvo hasta que la escolta se apresuró a auxiliarlo. Él soltó el rifle y se dejó caer en el sofá. Sabía que aquel ataque no acabaría con la vida del Presidente, pero la mezcla que se esparciría por su cuerpo lo dejaría gravemente contagiado. Encendió un cigarrillo y escuchó como estruendosas pisadas y rápidos y agigantados pasos bajaban y subían las escaleras del edificio, forzando a patadas las puertas de los apartamentos entre gritos y maldiciones. El aire empezó a oler distinto; decididos rayos de sol se abrieron paso a codazos entre las plomizas nubes y el eterno color púrpura del cielo de la Avenida Dolor tornó a un claro azul celeste. Los gritos de estupor del público asistente, poco a poco, se convirtieron en nerviosas risas acalladas por las manos, y los lamentos que acompañaron el traslado del Presidente escoltado en la ambulancia, se transformaron en carcajadas al abrir paso al vehículo por la atestada Avenida. Él estrujó la colilla del cigarro en el cenicero, cogió el teléfono móvil y marcó el número de su esposa, que esperaba la llamada escondida en la buhardilla junto al resto del Comando. Esperó al primer tono y colgó. Se recostó a un lado del sillón; se quitó los zapatos pisándose los talones y se quedó dormido.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
In the mood for love
Siempre he estado huyendo de una forma u otra. Lo más para mi hubiese sido fumarme una pipa de opio y olvidarme.Esos pensamientos autodestructivos fueron los que me llevaron a acudir a una consulta medica.
La cigarra y la hormiga. Claudio Ramírez.
Trabajaba la hormiga sin descanso, día y noche, almacenando semillas en su granero. Aprovechaba los últimos días del verano en su recolección con el fin de pasar el invierno en su casa, calentita y bien alimentada. Su vecina la cigarra, mientras tanto, se pasaba el día holgazaneando, cantando y bebiendo, riendo y durmiendo.
-Harías bien en trabajar un poco y divertirte menos y así asegurarte el alimento para el invierno.
-No te preocupes por mí, hormiga. Yo lo tengo todo pensado. Así que trabaja que yo te canto para hacer más llevadera tu labor.
Y así rechinando los dientes continuaba la hormiga transportando semillas y pasó el verano y llegó septiembre, luego octubre. Y pasó noviembre y acabó diciembre. Pero el invierno no llegaba y se lamentaba la hormiga a la puerta de su casa, deslomada de tanto trabajar.
-¿Pero qué pasa que no viene el invierno? -Decía mirando el horizonte en busca de nubes que nunca llegaban.
Y mientras en su casa cómodamente instalada la cigarra afinaba su guitarra.
-¿Pero en qué mundo vive esta tonta, que no se ha enterado del cambio climático? Y dejando de lado su guitarra metió la mano en un agujero en la pared disimulado tras el sofá, y sacó un manojo de semillas.
-¿Para qué molestarse en acarrear la comida hasta casa si al otro lado de la pared está el granero de la hormiga?
sábado, 17 de septiembre de 2011
La muerte de Uri Blanck. Claudio Ramírez.
Según su esposa, el pobre Uri no tenía la culpa de su comportamiento. La bebida le sentaba mal y solo bebía cuando se encontraba mal. Cuando se sentía mal bebía, y lo que bebía le sentaba mal. Un extraño círculo visicoso del vicio de la bebida y del odio machista.
Despues de desangrarse, Uri estuvo tirado en aquel sombrío callejón del barrio chino hasta las diez de la mañana. No es que nadie hubiera visto el cuerpo antes. Que lo vió mucha gente. Trasnochadores, borrachos, yonkis y puteros esquivaron su miserable cuerpo hasta que salió el sol. Ninguno de estos tenía intención de complicarse la vida con la policía denunciando una muerte en la que no habían tenido nada que ver. A media mañana, el trasiego de los operarios de limpieza dejó su cuerpo oculto tras el contenedor de basura de un bar cercano. Fue precisamente un vagabundo, que rebuscando en el contenedor algo con lo que desayunar, quien tropezó con el cadáver de Uri. Fue este vagabundo el que avisó a un policía que se encontró patrullando en una plaza cercana.
Hasta el mediodía hubo un discreto trasiego de policías, juez, forense y curiosos. Y hasta las dos de la tarde, permaneció el callejón cerrado y acordonado por la policía. A partir de esa hora, el único rastro que quedó de Uri fue un gran charco de sangre que se mezclaba con los orines, los vómitos y el alcohol derramado por el callejón. Yo fui el último que abandonó el lugar. Contemplaba la escena sentado en la mesa de una terraza cercana, mientras bebía una cerveza despues de otra, en memoria del difunto Uri. No es que lo apreciara en demasía, pero habíamos coincidido en varios palos, antes de que su continua afición a la bebida me aconsejara pasar de él. Habíamos compartido la camaradería que otorga una botella de vino barato, me había abierto su corazón adormecido por la bebida, contándome cuanto amaba y quería a su esposa. Para después, al llegar a casa, molerla a palos. Era un perfecto hijo de puta.
Uri iba sin documentar, por lo que identificar su cadáver no fue tarea fácil. Aunque muchos policías le conocían por su pasado de ratero de tres al cuarto, era necesaria una comprobación oficial. La verificación de sus huellas dactilares tardó casi cinco días. Además, el domicilio de su familia no constaba por ningún lado.
Su hija se sintió aliviada la primera noche que Uri no llegó a casa, los siguientes días, el alivio se transformó en una especie de amarga alegría, que conforme pasaba el tiempo se volvía cada vez más dulce. Sin embargo, su esposa echaba de menos sus caricias. Algo bruscas, según ella misma había comentado a sus amistades, cuando exhibía un ojo morado o algún vendaje nuevo. Al segundo día ya lo había estado buscando por los antros que su amado esposo frecuentaba y al cuarto ya lo buscaba por los hospitales de las cercanías.
A pesar de que ya había sido identificado oficialmente una semana después de que Uri amaneciera desangrado, su familia no sabía nada de su muerte. El peregrinar de la viuda por los hospitales y residencias de la ciudad, ablandó mi corazón. Hice una llamada anónima al domicilio de la familia del difunto Uri y le puse en antecedentes de su localización actual: la morgue del anatómico forense.
Al entierro de Uri no fue mucha gente. Si quitamos al personal de la funeraria y del cementerio, no llegaban a cinco personas. La viuda consolada por dos vecinas, un inspector de policía y un desconocido que parecía estar pasando un rato muy divertido. Yo espiaba desde la lejanía, al igual que otros muchos. Que asistían al entierro no por solidaridad con el muerto, ya que cualquiera de ellos hubiera podido ser el autor de la puñalada. La gran mayoría eran acreedores de las innumerables deudas por préstamos impagados o de juego ilegal que acumuló Uri a lo largo de su desgraciada vida; víctimas de sus timos o de sus robos, etc.
Allí nos encontrábamos todos lamentando sus pérdidas. La viuda, la pérdida de su querido pero no obstante cabronazo esposo. Los deudores, lamentando la pérdida del dinero adeudado, yo mismo daba por perdidos más de cuatro mil euros que le había ganado a Uri en una timba de póker, cuatro meses atrás. Y que después de muchas promesas de pago, nunca llegó a saldar la deuda. Pero sobre todo el pobre Uri, el más perjudicado, que murió apuñalado por una deuda de póker, de una timba que perdió cuatro meses atrás, que solo pudo saldar con su vida.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Miguelito
domingo 28 de agosto de 2011
"Me se me ha olvidado " contarte que en el barranco de la familia de Marijose , fuimos a ver a su tio al fondo del todo.Es un sitio paradisiaco donde vive el sólo.Lleva años así , su mujer trabaja y vive en Las Palmas .Vive de su mujer debe tener sesentaitantos , como Faisal pero a lo troglodita.Chacha entro en la casa y ya estaban en la cocina( porque yo me quedé mirando fuera el paisaje )y saludé en ingles , entonces Miguelito que así se llama , me cogió del brazo y me arrimó a él .Yo tiraba pero no consegui moverme ni un centimetro.Mi hermano y Maise descojonándose y yo con cara de asombrada pidiendo ayuda.Me tuve que rendir , me sentó en sus muslos y me achuchó un buen rato.Salido total.Tengo en el brazo un " hamatoma " enorme .Me cogió la mano y me estrujó los dedos buscandome un novio , yo no salia de mi asombro.
Cuando Miguelito se calmó pudimos hablar normalmente y la verdad es que sabe un monton sobre hierbas.Conoce a mucha gente porque van a verle y a quedarse , gente del hospital ( medicos , enfermeras y auxiliares)....tengo una compañera que se ha quedado monton de veces en su casa jajajajaja.
Oye y tu hermano sigue trabajando ?
Anoche vino mi hermana Yoli , asi que hoy nos vemos un ratito y podremos charlar a gusto.Se quedó asombrada con la reaccion de Maise y que habia hecho bien en decirle las cosas claritas.Piensa igual que tu.
En la "conspiracion hedonista " opiné en unos articulos :Sin salida y pequeñas derrotas , pues me salió mi blog " La Bego y La Ara " como nombre.Pero no tiene acceso.Lo voy a cambiar ,chaooooooooooo.
Begoña escribe a Araceli :
RE : Miguelito
Holas holitas holas.Aqui estoy haciendo un alto mientras hago de comer.
Si esta aun Yoli le das recuerdos mios,que tal esta ella?me acuerdo una vez que fuimos tu y yo a buscarla al aeropuerto,venia en una avioneta del Aaiun,es su muro pone,en lo de si tiene una relacion,que es algo complicado,a que se refiere?,tiene novio pero es casado o que?chismosa que soy coño.Mi hermano hace muchismo que se prejubilo,no se decirte exactamente cuanto,pero lo menos 9 años o diez.
Oye,que no pasa nada con lo del blog de la Bego y la Ara,que pensandolo bien me da igual que este que no,creo que reaccione algo sensible o mas bien desconfiada por lo que me habia pasado en el chat,pero pensandolo friamente me he dado cuenta que me da igual si alguien nos leyera,te lo digo con sinceridad.
Oye,no entendi eso de que el viejo te estrujo la mano buscandote novio,a ver si te explicoteas man mejo.Bueno,sigo en la cocina,que jartita estoy jajaja.
Me las piro vampiro,ta mas ver.
Date: Sun, 28 Aug 2011 12:05:12
miércoles, 7 de septiembre de 2011
La aldea...
Lo que aparentaba ser una aldea, parecía estar completamente vacía. El aire era tan pesado que tenía la sensación de que chocaba contra él a cada paso que daba y la vida solo era un vago espejismo que se diluía tragada por el aire y el suelo polvoriento que se extendía a sus pies, calentado por un sol resplandeciente y nítido que brillaba en un cielo rasgado tan solo por una efímeras nubes que insinuaban no querer moverse. El abandono de aquella extraña parte del mundo era tal que solo lo rodeaba tierra seca y yerma, sin límites, sin presente y sin principio. Tan solo siete casas rompían el árido plano del horizonte, siete casas colocadas al azar, quizás, por el viento que una vez, quizás, existió en esta “extraña parte del mundo”. Las casas, esparcidas en aquel incomprensible albedrío, daban la sensación de ser cascarones abandonados por la vida que en algún momento las habitó, y que al paso de los soles y, no se si las lunas, las abandonó un buen día sin ni siquiera mirar atrás mientras desaparecía confundiéndose con la lejanía. Estas, estaban construidas de piedras, barro, maderas y cañas, aparentaban haber sido hechas con prisas y sin preocupaciones estéticas o funcionales, todas tan iguales que eran como la misma que se reflejaba en varios espejos, tan solo tenían una planta, perfectamente cuadrada, todas tenían una puerta principal, dos ventanas en los laterales y la pared trasera totalmente desprovista de cualquier oquedad. Todas tenían el mismo desgate en las maderas y en lo que una vez pudo ser pintura blanca o yeso, la ruina habitaba ahora aquellas piedras. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas, pero daban la sensación de invitar a tocar y pasar a sentarse en un cómodo sofá, era una extraña sensación de cómo si las puertas fuesen las que le llamasen para que entrara.
De pronto el corazón se le aceleró y la sensación de que una bola pastosa le subía la traquea lo hizo caer de rodillas en aquel terroso suelo levantando una espesa nube a su alrededor, tras dos arcadas vomitó lo que parecía que había comido por última vez y que no acertó a recordar, tenía la sensación de que la vida acababa de salírsele por la boca y reptaba por el suelo huyendo de él. Trató de incorporarse pero la sensación de vacío no le permitió moverse, un sudor frío comenzó a cubrirle la piel y a gotear en la seca tierra, formando al poco pequeños charcos, y con la sensación de que se estaba derritiendo bajo aquel sol y que iba a fundirse con la arena, se desplomó inconsciente sobre los charcos que se habían formado bajo él…
martes, 23 de agosto de 2011
Palabras en el Jardín
Era tarde y la fiesta ya había decaído, además nuestras diferencias personales habían salido a flote una vez más. Javier se había enervado bastante con el mal clima y recuerdo aun sus últimas palabras antes de salir al jardín “de momento voy a ir llenando la piscina hinchable…” ese fue el único momento en el que todos nos pusimos de acuerdo inconscientemente para reír juntos, pero solo hasta que nos dimos cuenta y el silencio volvió a matar la risa. Esa fue la última vez que Javier nos hizo reír a todos antes de que su corazón decidiera pararse…

