lunes, 28 de diciembre de 2009

Él y ella: se amaron. 3º parte. FINAL

El último día que se vieron, se amaron. Ella huía despavorida de la soledad que no acaricia, que no besa, que no consuela. Era una noche con luna llena. El lobo rugía ensordecedor, reclamándola. Él le abrió la puerta, que ni quejido tenía como compañía, y la recibió en su castillo sin princesa. Los dos polos opuestos se atrajeron en un beso magnético que los unió en una fuerza indestructible. Él, tan solitario como una pregunta sin respuesta, diagnosticó en su rostro la carencia de besos y caricias, y en su piel, las arrugas que, desde hacía mucho, no habían sido estiradas por unas manos masculinas. Ella, desterrada de un mundo sin romanticismo, definió las finas arrugas de él como ríos secos sin labios que los regara.
La estancia oscura era difuminada por una vela cuya luz danzaba cual fantasma que, burlona y entrometida, adivinaba tanto las curvas de ella como los pensamientos escondidos de él. Elegante y discreto, la invitó a una cena con olores afrodisíacos que manaban naturales de su cuerpo esbelto. Ella, una estrella llamada deseo, brillaba única en el manto oscuro, que los envolvía absolviéndolos de su pecado mortal, sin miradas indiscretas ni testigos acusadores. La cena, preámbulo del acto final, no mordían sus carnes ni bebían sus savias, ni lamían sus oscuros interiores: sólo era un pequeño aperitivo del banquete. Hablaron con labios que no besaban, se observaron con ojos que no veían, mientras masticaban la impaciencia de saborearse el uno al otro. La música de fondo rozaba sus imaginaciones más creativas. Ella, que vibraba como la cuerda de un violín, escuchaba su voz de barítono. Él, cazador de panteras, se mareaba ante sus sutiles movimientos, sometido a las garras que escarbarían en su piel cicatrices inmortales. Mientras el champán brindaba por los dos con fuegos artificiales burbujeantes, se acomodaron en el sofá junto a la lujuria y las miradas cómplices. Fabricaron hormigueos a base de besos pomposos, con sus labios desentrenados, construyendo un camino de jadeos incontrolables que los guió hasta la habitación.
La cama, un extenso desierto por el que sólo el hombre había caminado perdido, se convirtió en un oasis de frescura femenina, y salió volando por la ventana empujada por soplos de anhelo. El misterio que sus ropas escondían fueron desnudadas por la certidumbre al despojarse del estorbo que les ocasionaba y caían a un precipicio donde el único soporte que los salvaba era el lecho mágico.
Ella, conducía sus labios por las carreteras de su piel. Él, estallaba de placer su campo minado, y ensordecían de palabras hermosas sus escondites silenciados. Ella limpió su bosque hasta encontrar su árbol crecido, mientras él segaba con su lengua los hierbajos que escondían el fruto sabroso que sabían a ella. Manos y piernas se movían en un engranaje perfecto que fabricaban la calidez que despegaba la escarcha pegadas por suelos y paredes. El seis y el nueve dieron como resultado un número de galaxias infinitas. Él, con su cometa encendido despidiendo fuego, entró hasta su agujero negro, trasportándolos a un desconocido éxtasis que jamás habían sentido en la vía Lactea. El fuego chorreante de él cayó como meteoritos en el campo fértil de ella, con gritos que espantaron la luz de la luna al cerrar sus ojos al sentir como sus cuerpos se elevaban hacia el cielo.
Continuaron abrazados, como un sólo ser, como un solo corazón latiendo, con dos intereses unidos. Los renglones que escribían aquella historia por última vez se torcieron desdibujados en un epílogo que de nuevo los llevaba a la realidad, con forma de último abrazo que anotaba la rúbrica de ambos. La acarició por última vez, mientras salía de su casa, sin mediar palabras que romperían la magia del silencio al verla marcharse para no volver a verla nunca más. La soledad de ella, su amante más fiel, la esperaba al salir por la puerta. La de él, volvió a meterse entre sus sábanas. Y es que una cosa es deseo y otra, amor. Y así escribieron un libro cosido con el instinto primitivo de la atracción entre un hombre y una mujer.

2 comentarios:

Claudio Ramírez dijo...

ahora a imprimirlo y a disfrutarlo.

Juan G. Marrero dijo...

¡Si NERUDA viviera diría que lo has copiado...?
¡¡Jejeje...!!
¡Buen tema para esta crisis...!