jueves, 19 de agosto de 2010

Un extraño relato. I parte.

Y ahí, pues, apoyada en el alféizar de la ventana, una joven de pelo oscuro llamada Clara se dejaba acariciar por el cálido roce de un sol en plena exhibición. Con rostro pensativo y mano en el mentón, observaba, de frente, cada recoveco de aquella arquitectura perfecta de la naturaleza: un árbol crecido casi hasta su ventana, que ni su madre ni su abuela, supieron decirle quién lo había plantado. Ya estaba cuando su abuelo comenzó a cimentar lo que hoy era la casa de su madre. En esos días estivales la escasez de ideas para crear un nuevo relato la tenían permanentemente mirando a la realidad más cercana, y todo, porque había aprendido de su maestro de lenguaje, que la mejor historia puede estar esperando impaciente a que la descubras, en la misma puerta de tu casa.
El blanco rostro de una hoja y una pluma con la tinta secándose debido a la obstrucción del poco uso, esperaban en una vieja mesa regalada por su tía Ángela que, con asombro desmedido, descubrió su vocación de escritora cuando en lugar de salir con sus primos al jardín, a jugar a la pelota, se dedicaba a describir todos sus movimientos, sus gritos, sus risas, y los expresaba con un talento innato que la maravillaba tanto a ella como a familiares y profesores. Siempre la llamaba, cada vez que la veía inmersa en sus escritos, que era “la cronista de la familia”.

A Clara escribir la llenaba tanto o más que leer, pero a veces, su desbordante creatividad agonizaba ante la escasez de ideas, y el fracaso acababa espachurrando los papeles en una papelera situada bajo la mesa.
Poseída por el desánimo, aquellas mañanas de agosto, Clara se levantaba y, después de desayunar y despedir a su madre, iba hacia la ventana, apoyaba la palma de la mano en su rostro, y esperaba a que algo extraordinario pasara bajo su ventana. Había escogido aquel lugar, y así lo creía ella ciegamente, porque le gustaba el paisaje que des allí gozaba: el árbol, el pueblo al fondo bajo la sombra de una montaña, y la naturaleza en los campos de margaritas y rosales.
Pero el mundo bajo sus pies había perdido la ilusión por contar nuevas historias. Empezó a dar vueltas a su habitación, hasta que, de nuevo, paró al lado de la ventana y observó, aquel árbol imperioso, aunque algo desgajado, que por casi dos metros, no conseguía rozar una hoja verde y enorme, y algo la embargó por todo su cuerpo. Permaneció fija hasta que, de improviso, surgió desde su interior el cálido y ardiente fuego de la inspiración. Con ese chispazo encendido en tan sólo un segundo, rápidamente, ávida se arrojó hasta el escritorio, agarró papel y pluma, y las palabras florecieron:

Conferido en la posición eterna dada por la naturaleza a los de su especie, admiro la entereza con la que acepta la triste derrota por su condición inamovible, de resistencia ante los duros embates del tiempo, con las raíces bajo el suelo retorciéndose de odio por un injusto abandono, y viviendo de las limosnas que la escasa lluvia de verano le deja apenada. Me conmueve tanto su aplomo como su serenidad y como, día tras día, luce orgulloso su postura eterna, y erguida, sin mostrar jamás señal alguna de flaqueza, tanto de las afiladas agujas caídas del cielo en los días nublados, como de los días de bochorno insoportable.

El hilo creado a través de sus palabras aún permanecía unido en la punta de la pluma, pero sabía que pronto podría deshacerse. Sumida en un estado de levitación, volvió a fijar la mirada más abajo donde, por el rabillo del ojo, advirtió presencia humana, y divisó junto al tronco del árbol, a un chico de unos quince años que no reconoció, ni vio llegar. Su vestimenta parecía anticuada; y su pelo enmarañado, demasiado abundante; pero lo observó, divertida, y ¿por qué no? decidió utilizarlo como un títere con hilos de palabras.

Tenía un ambiente perfecto: el árbol; ahora únicamente darle movimiento al desconocido. Se arriesgó y, apoyando el cuaderno en el alféizar y el lápiz en la mano, siguió escribiendo, como si sus palabras poseyesen la magia de moverlo a su antojo.

El contraste de lo movible e inamovible se juntaba en un solo yo perfecto. El joven tatuó con un lápiz la “A” junto a una “I”, y rodeó ambas iniciales con un enorme corazón. Estaba enamorado. Andrés, inexperto escalador de pequeñas alturas, subió por el tronco principal y, entre respiraciones aceleradas por el esfuerzo y la falta de costumbre, encontró un lugar donde recostarse. Chocó, en señal de victoria, su palma contra una hoja, como si de un amigo se tratase, y sonrió. Regalados por los huecos de ramas y hojas, y mirando hacia arriba, divisó esos trocitos de cielo azul que la casualidad le concedía; y observando el espacio infinito, desvió sus enormes ojos azules hacia una joven hermosa que escribía en una ventana. Unieron sus miradas bajo un hilo irrompible, y…

Despertó de repente, aunque no recordó haber cerrado sus ojos. Como consecuencia del tremendo susto, el sobresalto que movió todo su cuerpo a destino del capricho, arrojó sin querer, el cuaderno y la pluma a la calle, dos plantas más abajo, y se sostuvo como mejor pudo. Estaba sudando, y se sentía desorientada. Observó su entorno, y a la mente le vinieron, momentáneamente, dos imágenes: el árbol, que aún permanecía en su mismo sitio; y el joven de rostro blanco y ojos hipnóticos, recostado entre los ramales, observándola fijamente, y susurrándole algo al oído que no escuchó.
Lo buscó insistentemente, pero no lo localizó, ni subido al ramal, ni huyendo al pueblo. Había desaparecido, aunque resultaba imposible, puesto desde su ventana se podían ver hasta tres kilómetros de campos.

Bajó y recogió su cuaderno, mientras observaba atónita el escenario de su nuevo relato, y se quedó oteando el horizonte, junto a un escalofrío que recorrió su cuerpo.

Fue hasta el leño, intentando encontrar las iniciales grabadas que diesen testimonio de la presencia de Andrés, pero ni allí, ni en ningún otra parte del tronco, había nada escrito. Observó su cuaderno, aún con unos ligeros mareos, y justo después de haber trazado la última palabra, había, a continuación, varias hojas más escritas con la que indudablemente era su letra: apenas imperceptible por la ebullición de su imaginación y torcida ligeramente hacia la derecha.

El cuaderno ardía de misterio, y varias veces tuvo que recogerlo del suelo, pues sentía como si tuviese vida propia. Sus pies, sin órdenes precisas, la subieron presurosamente por las escaleras hacia su habitación. Lo tiró en la cama, se sentó en la silla, y lo observó como un desconocido que había entrado a su casa sin el debido permiso.

Una ligera brisa, perfumada con un fuerte olor a mueble encerrado, le susurró algo inteligible a su oído, fue hasta la cama y levantó, como una mano invisible, la tapa, y dejó al descubierto, un extraño relato.


Irremediablemente, empezó a leer…

5 comentarios:

Juan G. Marrero dijo...

Pues si que te llegó la INSPIRACIÓN...

Mensy dijo...

Me encanta el argumento, la descripción casi milimétrica, el giro que se vislumbra en la trama hasta encontrar la conexión adecuada entre los personajes………La idea de un relato dentro de otro, es fascinante………

Que viva tu iluminación chico!!

Raúl M.V. dijo...

Después de todo, tendrás que agradecer las vacaciones que se tomó la musa. Buen comienzo,Mode.
Fantástico.

Modesto González dijo...

Hablando de musas, leyendo "Inteligencia Emocional" he llegado al apartado que habla del "flujo", y claro, tiene mucho que ver con la "inspiración". Es un estado donde toda la concentración se centra únicamente en el objetivo en cuestión. Recuerdo cuando escribía "El Vochito" o "Almas Malditas" que, incluso en el trabajo o en casa, perdía toda conciencia del medio, y únicamente escribía por el hecho maravilloso de escribir. Incluso, a veces, miraba a otro lado que no fuera la pantalla y me preguntaba si había pasado algo, y me quedaba extrañado, de si alguien había pasado a mi lado, no lo recordaba.
Seguro me entenderán, ya que les habrá pasado también a ustedes.
Luego da soluciones para recuperar ese "flujo", como el hecho de una total concentración sin tensiones externas.
También menciona, como ejemplo, que el gozo de pintar, por ejemplo, se debe hacer (si se quiere obtener el éxito) por el puro gozo de pintar, de disfrutar con ello, y no por cuánto lo va a vender, o qué dirán los críticos.
En principio, me quedo tranquilo pensando que cuando escribía hace unos meses, y ahora con este pequeño relato salido de una idea de "falta de musa" lo hice disfrutando.
Gracias a los tres.

Claudio Ramírez dijo...

Está muy bien. Felicidades Mode, el reinicio no podía haber empezado mejor. Yo también escribo a golpes de inspiración, aunque ya llevo mucho tiempo sin escribir nada.