domingo, 12 de diciembre de 2010

La Corona de Huesos. Claudio Ramírez.

El oscuro guerrero giró la cabeza y miró hacia atrás alertado por un grito que sonó a sus espaldas. Hacia él se dirigían dos jinetes a toda carrera con las lanzas en ristre. El guerrero alzó su lanza y apretando con los dientes las riendas utilizó la otra mano para sujetar el escudo con la intención de hacer frente a los intrusos. Sin embargo en lo alto de una duna aparecieron más jinetes que corrían hacia él. En un momento ya contaba una docena. El guerrero volvió grupas y espoleó su montura hacia las estribaciones montañosas que se elevaban hacia el oeste, con un poco de suerte conseguiría llegar hasta allí y podría encontrar algún hueco donde esconderse. Llevaba una ventaja de unas doscientas varas pero su caballo no había descansado en horas y no creía que pudiera aguantar el ritmo durante mucho tiempo. Los jinetes iban acortando cada vez más la distancia que los separaba y las montañas estaban aún a una media legua de distancia, se abrieron en abanico para cercarlo confiando que las pendientes fueran demasiado abruptas para huir por ellas. Las cosas no podían ir peor cuando algunos jinetes desplegaron sus arcos cortos y comenzaron a dispararle, más con el objetivo de intimidarle que con intención de alcanzarle, pues aún estaban demasiado lejos como para tener un blanco fácil.




El guerrero aseguró el escudo a su espalda y continuó la alocada carrera pero sabía que era cuestión de tiempo que los dos primeros jinetes le dieran alcance. Si disminuía la marcha para hacerles frente le alcanzaría el segundo grupo de perseguidores y entonces sí que no tendría oportunidad alguna contra un enemigo que le superaba ampliamente en número. Pero tenía que pensar algo si no quería que los dos jinetes tras él le clavaran la lanza por la espalda.



Sacó los pies de los estribos, volvió a guiar las bridas con la boca y agarró con fuerza lanza y espada esperando con paciencia la oportunidad de atacar. Y ésta llegó. Los jinetes se le acercaron a toda carrera por ambos lados, en cuanto vió la cabeza del caballo de su izquierda dio un golpe de riendas y lanzó su montura hacia él haciendo que ambos caballos chocaran, saltó al suelo rápidamente mientras el otro jinete caía enganchado por los estribos, y antes de que su perseguidor de la derecha tuviera tiempo de reaccionar arrojó su lanza al caballo que cayó a un lado herido en el cuello. Se abalanzó sobre el jinete y lo degolló antes de que pudiera levantarse. El otro jinete que había quedado atrapado por un pié se debatía para levantarse, pero fue abatido de una certera puñalada entre las costillas, le destrabó el pié del estribo y se subió al caballo, mucho más fresco que el suyo, y continuó la carrera hacia las estribaciones. La breve refriega había acortado significativamente la distancia con el grupo perseguidor, ahora estarían a unas veinte varas, pero su caballo era más veloz y la distancia se mantenía. El problema es que ahora sí estaba a tiro de los arqueros y varias flechas zumbaron peligrosamente junto a su cabeza.



Fijó la vista al frente observando entre las paredes rocosas que tenía enfrente, a su izquierda una suave colina se abría entre las montañas formando un pequeño valle y allí dirigió su montura. Ascendió rápidamente la colina y bajó por el otro lado flanqueado por altos riscos hasta llegar a una especie de planicie interior, tal vez la cuenca de un antiguo lago desde el que partían varios canales que posiblemente fueran cauces secos de ríos que desaguaban en el lago. Sin parar eligió uno de ellos al azar y se internó entre los estrechos riscos que formaban un laberinto de recovecos. Disminuyó la marcha y obligó al caballo a caminar sobre las piedras para no dejar un rastro fácil a sus perseguidores. Durante bastante tiempo continuó deambulando bajo los desfiladeros hasta que llegó a una amplia explanada que se abría entre los peñascos circundantes. En las paredes de roca habían numerosas cuevas, algunas lo suficientemente grandes como para entrar con el caballo. Condujo su montura a través de una de ellas y desmontó, ató el caballo a la pared y rebuscó entre las alforjas. Encontró un odre con agua. El guerrero sonrió para sí, había salido ganando con el cambio. Bebió pausadamente y descansó oculto tras las rocas.



Después de varias horas escudriñando los acantilados se convenció de que sus enemigos habían terminado por abandonar la persecución. Sin embargo el guerrero no quería poner a prueba la suerte que hasta ahora le había acompañado. Así que optó por mantenerse oculto por lo menos hasta el día siguiente, por lo pronto se contentó con rebuscar más a fondo entre las alforjas hasta que dio con un trozo de carne seca y una pequeña bolsa de grano. Le arrojó un poco al caballo mientras roía la carne, después le dio de beber al animal y se sentó a la entrada de la cueva a beber tranquilamente mientras observaba la llegada de la oscuridad al pequeño valle.



Conforme iba cayendo la noche fue observando cómo las sombras daban un extraño aspecto a la pequeña vereda que desde el fondo llegaba hasta la cueva. Se dio cuenta que el terreno estaba allanado por la mano del hombre, y que incluso en algunas zonas aún se conservaban las losetas de piedra que mucho tiempo atrás habían marcado un camino. La piedra donde estaba sentado era en realidad un escalón desgastado por el tiempo y la erosión y cubierto de tierra y piedras. La escalera continuaba hasta el interior de la gruta. Subió por los escalones y penetró en el interior de una estancia. Bajo la escasa luz que se colaba en el interior pudo observar que el techo estaba cubierto de pinturas extrañas, aunque parte del estuco había caído al suelo. Las paredes estaban decoradas con bajorrelieves que representaban distintas escenas, de batallas, de cacerías, de vida palaciega. A intervalos regulares se abrían unas hornacinas excavadas en las paredes que alojaban en su interior unas pequeñas figuras. Parecían representaciones de ídolos y delante de cada estatuilla habían unas lamparitas de aceite, que tal vez se utilizaban en su momento para honrar a los dioses representados. En lo más profundo de la cueva se abría la pared hacia otra estancia mucho más oscura y húmeda. Comprobó las lamparitas una por una y encontró aceite en dos de ellas, no mucho pero suficiente para alumbrar durante un par de horas. Buscó en su bolsa el pedernal y un poco de yesca y encendió un pequeño fuego, luego prendió la lámpara y cuando una llama alta y amarilla se estabilizó en su extremo se encaminó hacia la estancia interior.



Se adentró en la gruta con la lamparita en alto. Las sombras huyeron ante la luz dejando a la vista una estrecha estancia de techo alto. Las paredes también estaban cubiertas de bajorrelieves, sin embargo al contrario que la otra en esta había bastante mobiliario, en el centro una pequeña mesa con cuatro sillas a los lados que aparecían desvencijados y cubiertos de polvo. Junto a las paredes se agolpaban pequeños armarios, cofres y baúles, también rotos y con su contenido desperdigado por el suelo. Pero lo más extraño de todo era un gran trono de piedra situado en la pared opuesta a la entrada. Sobre el trono se sentaba una figura inmensa, cubierta con una armadura metálica deslustrada y bastante oxidada. Tenía las manos recogidas sobre el regazo y sobre las manos sostenía una espada larga. A ambos lados del trono dos colosos de piedra ataviados con una armadura parecida a la de la figura central y armados con unas hachas inmensas también de piedra. Su talla era perfecta, con los más delicados detalles perfilados de tal forma que parecían seres humanos congelados por el tiempo, debían haber sido esculpidos en una sola pieza de piedra ya que no se veían los rebordes de las uniones. Tan sólo la figura de la derecha mostraba una imperfección, una fisura a la altura de las rodillas producto tal vez de un golpe fuerte o de una falla en la propia pieza de piedra.

El guerrero se acercó a la figura central, observó la espada que reposaba sobre sus manos y la cogió para observarla más de cerca. Se trataba de un arma excepcional, al contrario que el resto de objetos que había en la estancia, la espada se encontraba pulida y brillante, con el filo dispuesto como si acabara de salir de la fragua del herrero. La blandió en alto y la sopesó cuidadosamente, se trataba un arma de hechura perfecta, equilibrada, nunca había visto un acero de tal calidad. Decidió quedársela. Observó nuevamente la figura sedente a ver si encontraba una vaina para guardar la espada, pero no había nada que se le pareciera. Tal vez se había desintegrado con el paso del tiempo, visto como estaban los harapos que cubrían al hombre y que en su tiempo debieron ser las más exquisitas sedas dignas de un rey. De repente se fijó en algo que llevaba en la cabeza, en realidad se trataba de una diadema que ceñía su cabeza hecha en algo que asemejaba el marfil, la tomó con su mano y la observó detenidamente. Era un círculo perfecto de marfil con pequeñas incrustaciones de piedras rojas que bien podrían ser rubíes.




No pudo evitar la tentación de ceñirse la diadema, le quedaba un poco grande así que le bajó hasta las orejas, pero con ella en la cabeza y la espada en las manos se sintió un personaje importante. Comenzó a lanzar mandobles al aire atravesando la estancia de un lado para otro y combatiendo enemigos imaginarios a quienes derrotaba sin piedad. No pudo darse cuenta inmediatamente de que en la pared junto a los dos colosos de piedra comenzaba a desprenderse polvo que caía incesante sobre el suelo, al mismo tiempo que las estatuas comenzaban a vibrar, primero suavemente y luego elevando un grave rumor de grava removida que recorrió toda la estancia hasta donde el guerrero seguía su danza de guerra. Por eso no pudo ver cómo las dos estatuas se erguían en toda su estatura, se despegaban de la pared y avanzaron sobre él con las hachas dispuestas a golpearle. Sin embargo fue el destino quien lo salvó pues la fisura en las rodillas del coloso de la derecha terminó por ceder y tras dar tres pasos al frente terminó por resquebrajarse del todo haciendo que cayera por los suelos en un estrépito de piedras rotas.





El guerrero se giró justo en el momento en que la otra estatua descargaba el hacha sobre su cabeza. Tuvo el tiempo justo para lanzarse a un lado, esquivando por muy poco el ataque. Se sobrepuso a la sorpresa y vió como su atacante levantaba cuidadosamente el hacha del suelo, donde había abierto una brecha de dos dedos de profundidad. Sintió que su corazón se desbocaba al mismo tiempo que su cerebro cedía al terror, las rodillas se tambalearon y la espada tembló en sus manos. Pero solo durante el tiempo justo, cuando su adversario lanzaba un tajo que levantó chispas en la pared a su espalda, se lanzó de cabeza hacia el costado del enemigo y alzándose rápidamente salió corriendo de la estancia sin mirar atrás.



Su idea era coger el caballo y huir del lugar, pero no pudo llegar más allá de la puerta de la cueva. En ese momento ocho o diez nómadas entraban dentro espada en mano. Sus perseguidores habían dado con el rastro y esperaban emboscarlo mientras dormía. Se dio de bruces contra los primeros que cayeron empujando a los de atrás. Por suerte el guerrero tuvo más capacidad de reacción que los nómadas, giró sobre sí mismo y volvió por donde venía esquivando en el último momento a la estatua animada que entraba en la estancia con el hacha en alto. La refriega no duró mucho, los jinetes nómadas que no habían reparado en la figura que se alzaba en el umbral de la caverna interior se lanzaron de cabeza tras el guerrero, sólo para perderla bajo el hacha del guerrero de piedra. Los primeros que luchaban con fervor pero sin ninguna posibilidad eran empujados por los de atrás en su ansia de participar en el combate. Al cabo de un rato sólo quedaban tres nómadas heridos y presas del pánico, que dieron media vuelta y huyeron de la cueva. Tras ellos salió el guerrero que no quería convertirse en otra victima de la estatua implacable que los persiguió hasta los escalones de entrada a la cueva. Una vez hubo pisado los primeros escalones se paró y sin más revirtió a piedra, con el hacha en alto y pose amenazadora.



— ¿Quién eres guerrero?, Quiero saber tu nombre antes de matarte. —Dijo una figura imponente que se bajaba de un caballo—.

El guerrero apoyó la punta de la espada en el suelo y descansó por un instante. — ¿Y Quién eres tú que quiere saberlo?

—Soy Thyr-Laant, jeque de esta partida de halcones del desierto a los que tú has vencido. Sacó su espada y se plantó delante del guerrero haciendo una seña a los seis jinetes que estaban a su espalda para que no intervinieran.

— Y yo soy Ankor de la tribu de Amazh. Y ya estoy harto de huir. —Y diciendo esto se lanzó a su altivo enemigo blandiendo la espada que encontrara en la cueva—.



El jeque era un formidable adversario, empuñaba la espada con soltura y mantenía la presión sobre el guerrero lanzando tajos sin parar. Pero el guerrero los paraba todos con su espada cediendo terreno poco a poco hasta que la acometida perdió energía, entonces golpeó con fuerza el costado del jeque con un movimiento rápido que el otro paró con cierta dificultad para luego golpear desde arriba con un mandoble tan fuerte que le hundió la espada desde el cuello hasta la cintura. De una patada separó el arma del cuerpo caído, justo al tiempo de que uno de los jinetes se le echara encima lanzando un alarido. Con calma paró el golpe con la espada al tiempo que extraía de su cintura la espada corta y con un rápido movimiento horizontal le cortó el cuello. Con el mismo impulso giró sobre sí mismo y hundió la espada en el pecho de un segundo nómada que le acometía con una lanza. Ambos cayeron casi al mismo tiempo. Agarró la lanza del suelo y la lanzó hacia otro de los jinetes que cargaba contra él. Se la clavó en el pecho y el impulso lo lanzó hacia atrás. Los otros tres nómadas que quedaron se miraron entre sí esperando que el otro tomara la iniciativa, luego miraron al guerrero que les esperaba furioso con la espada en alto y cubierto de sangre de la cabeza a los pies y tirando de las riendas dieron media vuelta y huyeron al galope.



— ¡Huid malditos perros!, ¡Porque no aplacaré mi furia hasta haber bebido vuestra sangre! —gritó dando varios pasos al frente—.



El guerrero se enjugó el sudor de la frente y tocó sin querer la diadema que se había ceñido. Se la sacó de la cabeza y la miró fijamente. Ahora, bajo la luz de la luna llena, lo que había creído que era marfil resultó ser hueso. Hueso tallado de forma hosca que no se correspondía con el arte desplegado en la talla de las dos esculturas móviles. Además lo que había tomado por rubíes eran simples esmaltes de color rojo incrustados en el hueso. Regresó a la caverna interior y se quedó mirando la extraña figura sentada en el trono, parecía que le sonreía a través de la máscara funeraria. Volvió a colocarle la diadema de hueso y luego se entretuvo en rebuscar entre los cofres y baúles con la sensación de que no encontraría nada de valor. Y así fue, solo habían telas raídas y descoloridas, nidos de ratones, insectos y polvo. Rebuscó entre los muertos pero tampoco halló nada, sus armas eran poco más que hojas de hierro melladas y las bolsas que llevaban a la cintura sólo tenían amuletos de colores que visto lo ocurrido ya no tenían valor alguno. Aún así no se iría de vacío, salió al exterior y observó el cuerpo destrozado del jeque, le quitó la espada de la mano que aún la aferraba y le cortó la cabeza, luego la envolvió en un trozo de tela. En la última ciudad que había visitado se había enterado que el Exarca daba una recompensa de mil rupias por la cabeza del bandido. Luego reunió los caballos que habían dejado atrás los muertos y rebuscó algo de comida y bebida en ellos.



Un joven jinete alto, de piel morena, vestido con una túnica azul y con la cabeza cubierta por un turbante que solo dejaba al descubierto dos ojos negros bajó de las montañas y entró en el desierto seguido por una recua de caballos. Llevaba un pequeño escudo redondo colgando a la izquierda de su caballo mientras a la derecha llevaba una lanza con la punta cubierta por una tela. Al cinto llevaba una espada corta y colgando a la espalda con unos arreos de cuero llevaba una espada larga de magnífica hechura. Cabalgaba despreocupado pero alerta, no esperaba tener más percances, cualquiera que lo viera en la lejanía observaría un grupo de jinetes, así que esperaba llegar al oasis de Bir-Qaiyab antes del amanecer. Desde allí tendría que encaminarse a alguna población lo antes posible. No suelen dar recompensas por entregar cabezas podridas y llenas de gusanos.

6 comentarios:

Juan G. Marrero dijo...

Muy bueno.
Pero ¿Es tuyo o de Robert E. Howard...?... Porque algunos pasajes me recuerdan a Conan el Bárbaro

Claudio Ramírez dijo...

Es un relato épico de mi cosecha. A ver si cae pronto la segunda parte.

Modesto González dijo...

Eso te dijimos hace varias reuniones. Fue Ángel, quién te pinchó con su sugerencia mordaz, al lado de su casa.
Le dijiste que sí, que iba en camino, que te nuevo te aventurarías a escribir la segunda parte, y bueno... ahí quedó la cosa. Hace de esto tantos años que aún íbamos en mallas, y usted: vestido de caballero.

Claudio Ramírez dijo...

En esa epoca estaba a mitad el relato, y aún sigue a mitad.

Satori dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Satori dijo...

Este es otro de los excelente relatos del amigo Claudio, y uno de los que más me ha gustado.
Le dije desde que lo leí que hiciera una segunda parte.
Me parece que vamos a tener que secuestrarlo y encerrarlo, ponerlo a escribir y alimentarlo con pan y agua y no dejarlo salir hasta que no continue con otra parte de este hermoso relato.
¡SEGUNDA PARTE YA!