viernes, 28 de mayo de 2010

El Bar de Juancito.



Hace un par de semanas tuve que ir a La Atalaya de Santa Brígida por cuestiones de estudios (recomiendo a todos que visiten el barrio, su tradición cerámica se remonta a la época prehispánica). La cosa es que mientras paseaba por las calles, vine a pasar por delante de la puerta de un bar: el Bar Juancito. Aquel casual encuentro me trajo a la memoria recuerdos de cuando hace más de veinte años, frecuentaba junto con mis amigos este bar. Veníamos desde Las Palmas a La Atalaya a comer las deliciosas tapas que el señor Juancito preparaba, servidos por sus hijos (que en aquella época no pasaban de los trece años). Luego, sobre la una más o menos, bajábamos de regreso a Las Palmas y ya nos metíamos en la noche del Puerto.

Todo esto,viene a cuento, porque al rememorar el bar me vino a la cabeza un episodio que viví en el dicho bar con un gran amigo. Este amigo, al que llamaré sr. Azul para mantener su identidad en secreto, llevaba más de un año saliendo con una chica del grupo. Esta chica, a la que llamaré Srta. Violeta para mantener su identidad en secreto, era (y es) muy guapa, simpatiquísima y con la cabeza en su sitio, en definitiva la novia que todos queríamos para uno mismo. Y estaban los dos loquitos el uno por el otro. Sin embargo un buen día, el sr. Azul rompió con la Srta. Violeta. Nadie del grupo entendió la ruptura, Violeta la que menos pues se pasó un mes con depresión de caballo. Y el amigo Azul no dió ninguna explicación exacta del porqué de la decisión. Yo creo que el hecho de que la srta. Violeta fuera una chica criada y educada en una tradición familiar y cristiana, donde al qué dirán y a las apariencias exteriores se le daban mucha importancia.



La historia es que, mientras la pobre Violeta se pasaba los días y sus correspondientes noches llorando en su casa la ruptura con su amado Azul. El amigo a los quince días ya había encontrado sustituta. Esta chica, a la que llamaré Srta. Magenta y no porque quiera mantener su identidad en secreto, sino porque ya no me acuerdo como se llamaba la susodicha. La tal Srta. Magenta era difícil de describir. Pero si tuviera que utilizar una palabra, utilizaría: fea. Porque era fea con ganas. Tenía el pelo que parecía una fregona secada al sol, la naríz grande y ganchuda, los ojos saltones como una rana, las tetas pequeñitas. Vestía de tal forma que si no te fijabas bien, pensaba uno que estaba hablando con un tío. De cintura para abajo era otra cosa, tenía un pedazo de culo y dos piernas macizas. No se puede tener todo, la chiquilla era simpática, o por lo menos ponía ganas en serlo. Nadie entendía como coño el sr. Azul había dejado al bombón de Violeta para enrollarse con la srta. Magenta. Y el jodío nunca daba explicaciones.




Una noche, en el Bar Juancito, estabamos todos los amigos pasandolo bomba como era habitual. Yo estaba ya bastante borracho y a mi lado se encontraba mi amigo Azul que también iba bastante borracho. Aproveché la ocasión y le pregunté.

-Amigo, dime la verdad. ¿Porqué dejaste a Violeta y te enrollaste con Magenta? ¿Cómo es posible que hayas cambiado un pedazo de bombón por una tía tan fea?.

Y va el jodío y me suelta:

-Porque será fea con ganas. Pero folla como dios.

Semejante argumento me dejó con la boca cerrada. Una sentencia incontestable. Eso pensaría cualquiera. Sin embargo, no fue así. A los seis meses el Sr Azul (ya más desfogado) volvió con Violeta (ya más "abierta") y aún siguen...felizmente casados.

2 comentarios:

Modesto González dijo...

Parece que esa frase resume todo el texto. Al principio siempre nos fijamos en el físico, luego impera la forma de ser, y la capacidad de aguante que le tengas a tu pareja. Ya cuando maduramos nos damos cuenta de todo eso.

Juan G. Marrero dijo...

¡Ay si Freud levantara la cabeza...!

Acaba de salir el libro EL CEREBRO MASCULINO de Louann Brizendine que ya reconoce que los hombres tenemos dos cerebros (bueno, alguno uno o uno y medio), ya era hora...