domingo, 17 de mayo de 2009

El beso robado.


EL BESO ROBADO

Claudio Ramírez

Llegué a la fiesta pasada la medianoche. Serpenteé entre las mesas, saludando a todo el mundo y pillando comida entre los platos hasta llegar a la mesa de las bebidas donde me serví un vodka-limón. Bebí un par de tragos largos y me dediqué a contemplar el ambiente. Era la Nochebuena de mil novecientos ochenta y tres, hacía un mes que había cumplido los diecisiete, y me sentía en la cumbre del mundo. Desde hacía dos años habíamos cogido la costumbre de reunirnos los amigos más cercanos para celebrar una fiesta después de la tradicional comida familiar de la Navidad. Este año habíamos cambiado el parque del barrio por la casa de campo de los padres de Alberto. La casa estaba situada en algún barranco impreciso entre San Mateo y Teror, en el mismísimo quintopino, alejada varios kilómetros de la casa más cercana. Podíamos beber, gritar y bailar sin montar un escándalo que cabreara a los vecinos. Luego dormir la mona por la mañana y regresar a casa por la tarde como si no hubiera pasado nada.
Alberto pasó a mi lado con Gema enganchada a su cintura, me saludó y estuvimos hablando un rato mientras se preparaba un cubata. Gema me dio un beso de bienvenida y luego se perdieron por el salón. Agarré mi vaso y me fui a un lateral del salón donde estaban Samuel y Víctor, le di un empujón amistoso a Samuel, me colé entre los dos y le di la mano a Víctor. Samuel era mi mejor amigo, un año mayor que yo, pero lo admiraba y lo quería como a un hermano mayor. Era vecino mío y habíamos crecido juntos. Había venido con él a la fiesta ya que como tenía carnet de conducir su padre le prestaba el coche. Víctor era compañero suyo del instituto y era un habitual de nuestra pandilla. Estuvimos hablando un rato y contemplando al resto. El salón estaba abarrotado y aún iban llegando algunos rezagados, la gente pasaba de un lado a otro, saludándose y charlando. Víctor saludó a un grupo de amigos y se fue a charlar con ellos. Al fondo se oían las risas estridentes de Carlos, que contaba chistes. A su lado otro grupo hablaba de fútbol. En medio de todo revoloteaba el resto, unos más conocidos otros menos.
Samuel me dio un codazo y señaló con la vista un lugar a la izquierda. No me había fijado antes, allí estaba un tal Luis a quien conocía poco y Delia; y Susi la hermana pequeña de Delia. El corazón se me aceleró y Samuel sonrió cuando percibió mi movimiento nervioso. Me guiñó el ojo y se marchó dejándome solo.
Me encogí de hombros y atravesé el salón. Saludé con un hola a Luis y con sendos besos en la mejilla a Delia y a Susi. Luis comenzó a hablarle al oído a Delia y yo aproveché para apartarme con Susi.
—Te animaste a venir. —Yo había invitado a Susana con la certeza de que su hermana Delia iba a venir—.
—Mi hermana insistió en que la acompañara, y bueno, como tú me habías invitado.
—Es que Alberto me dijo que podía invitar a quien quisiera con dos condiciones.
—¿Condiciones? —me miró intrigada—.
—Sí, que invitara a una chica, y que fuera guapa.
—Ya. Tenía que haber imaginado que me dirías algo así.
—¿Y no es cierto? —Pregunté con la sonrisa más pícara que pude poner.
—¿Qué sea guapa?
—No. Que seas una tía.
—Siempre eres el mismo. —Me pellizco la mano y casi se me cae la el vaso al suelo—.
—Bueno. Que eres guapa es evidente, se ve a simple vista. Lo de que seas una tía se nota menos. Tendría que investigar con más profundidad.
—¡Ala¡, ¿cuantos vodkas llevas ya, que parece que vas perdiendo la vergüenza?, —me viró la cara en un falso mohín de ofensa—.
—Creo que aún no los suficientes, me voy a poner otro.
—Tráeme uno a mí.
—Ahora vuelvo.

Regresé a la mesa de las bebidas, caminando despacio porque las rodillas me temblaban. Me gustaba mucho Susana, no quería que pensara que era un baboso salido o un torpe imbécil. Y creo que me estaba acercando peligrosamente a la mitad del camino entre una cosa y otra. Serví dos copas y volví con ella. Delia se había marchado y ahora Luis y Susi hablaban muy animadamente, cogí un plato de pistachos al pasar por una mesa y lo exhibí ante ellos. Cada uno cogió unos cuantos y comenzaron a pelarlos y a comer. Pero ellos siguieron hablando, y yo me sentí ignorado a pesar de que intenté meter baza en la conversación. Así que me quedé allí, en pie, pelando pistachos y bebiendo vodka a sorbos cortos para no tener que volver a la mesa a por otra copa. No estaba dispuesto a dejarla sola de nuevo con el caradura de Luis. Lo había subestimado, pensaba que iba por Delia y que le estaba tirando los tejos, pero Delia era mucha Delia para el pringao este. De hecho era mucha mujer para cualquiera de la fiesta. Era preciosa y estaba cañón, alta, pelo rubio largo, culo respingón, una figura de escándalo. Susi también era rubia, pero un poco más baja y más rechoncha que su hermana, aunque para mí era muy guapa. Sin embargo, lo que más me gustaba era su carácter, su forma de ser, su inconformismo y sobre todo sus ojos, que parecían clavarse en tu alma cada vez que te miraba.

En un momento determinado alguien se acercó a Luis y aproveché para hablarle a Susi al oído.

—Pensaba que podíamos hablar un rato.
—Es lo que hemos hecho desde que llegué.
—Me refería a hablar los dos. Solos.
Pero ella solo dijo: —Ah—.

Luis regresó y retomó la conversación con Susi. Me miró de reojo como preguntándome qué hacía aún por allí, estaba claro que había lanzado la caña en aquel banco y no estaba dispuesto a largarse antes de que picara algo. Yo me sentí como un náufrago en medio del océano, así que me aferré al flotador de vodka-limón y me retiré a un sofá a sentir lástima de mí mismo.

Estaba rumiando pistachos y almendras saladas cuando Samuel se sentó a mi lado. Estuvimos un buen rato hablando de trivialidades. Yo no quitaba la vista de Susi y Luis. Olga, la casquivana prima de Alberto, se contorneó un buen rato ante Luis, ronroneó como una gata, lo toqueteó por todos lados. Pero no hubo forma, el tío no soltaba a Susi de ninguna manera. Samuel se fue tras Olga maullando, y yo me quedé allí resignado. De repente me quise marchar de la fiesta, buscaría a alguien que se marchara y estuviera dispuesto a llevarme a casa.
Di por finalizada la noche, pero cuando me dispuse a levantarme del sofá todo quedó a oscuras. Se había ido la luz. Después de la sorpresa inicial, comenzaron las risas y las bromas, los que encendían mecheros, los que simulaban gemidos, los que abandonaban el salón a hurtadillas tropezando con las mesas. Por encima de los murmullos se oyó a Alberto llamar a Víctor y a Samuel, y pedir un mechero. Me retorcí en el sofá, y pensé que si la avería no podía arreglarse no quedaría más remedio que suspender la fiesta, sonreí. Eran momentos de confusión, la gente se llamaba unos a otros, tropezaban a oscuras con mesas y sillas, y se caían vasos y platos al suelo, sentí a alguien que se sentaba a mi lado. Una voz masculina pidió que nadie se moviera no fuera a ser que alguno se cayera sobre los cristales rotos, y todos nos fuimos calmando poco a poco. Sentí que me tocaban el muslo, y una mano me cogió el hombro y me clavó sus uñas largas, noté una respiración en el cuello. Un perfume de mujer flotó junto a mi cara, un ligero movimiento y unos labios rozaron mi mejilla. Intenté decir algo, pero alguien, ella, me cerró los labios con un dedo y susurró a mi oído: —shishhh—. Me giró la cabeza despacio y me besó en la boca. La sangre me hervía, las sienes me palpitaban y mis manos temblaban de la excitación. La abracé, ella se aferró a mí con ansia, y me arañó la espalda. Me embriagó los sentidos, me embotó el olfato con su perfume, mis oídos se embotaron con sus gemidos, mi tacto contorneó su figura desde el cuello hasta el pantalón vaquero que llevaba puesto. Mi lengua degustó el sabor del whisky de su boca. La amé, la quise y la deseé; y cuando le pedí más se separó de mí y desapareció entre las tinieblas, y me dejó aleteando mis manos en el aire en un intento de atrapar su aroma y su sabor en la oscuridad.

Y volvió la luz.

Guiñé los ojos al deslumbrarme, y al abrirlos nuevamente lo primero que vi fue a Susi, con el pesado de Luis a su lado y a Delia. Susi me sonrió, parecía un poco desorientada, o asustada. Se fue hacia la mesa del fondo y rebuscando entre las botellas volcadas y los vasos rotos, sirvió dos copas de vodka-limón y se sentó a mi lado en el sofá.

—Que apagón más extraño ¿verdad? —Me dijo ofreciéndome un vaso—.
—Y cuando ya casi me iba.
—¿En serio?, ¿no decías antes que te gustaría hablar un rato a solas?
—Pero como no venías…
—¿Y qué te ha hecho pensar que no vendría?
—Parecías tan a gusto con Luis.
—No es mal tío, pero es un poco pesado.

Bebió un largo sorbo de su vaso y se acercó más a mí, casi hasta rozarme. Todo alrededor era confuso, algunos recogían cosas del suelo, aparecieron un par de cepillos para barrer los cristales y en todos lados se reanudaron las conversaciones la música. Frente a nosotros Luis nos miraba con la boca abierta. Su rollete se le había escapado de las manos y ahora se restregaba con otro. A su lado Delia bebía sorbos cortos de su copa. Yo los miré y sentí que algo no iba bien. Susana me acarició la cabeza y su mirada de fuego se me clavó en el alma. Luis miró a Delia y sonrió. Delia me miró y cerró los ojos. Yo miré a Susana, la aparté con delicadeza a un lado y me levanté.

—¿Qué bebes Delia?
Ella me miró directamente a los ojos, —whisky—, contestó.

Le quité el vaso y se lo di a Luis que me miró con cara de asombro, la tomé de la mano y la llevé afuera. Y allí junto al porche de la casa, bajo un tamarindo que se agitaba entre la brisa, a la luz tenue de una farola, la besé.

La besé y la amé, y la quise y la deseé. Y ella me besó, y nos amamos.

2 comentarios:

Satori dijo...

Wento lo que se menea, ahora si que está de cojones el relato...Me ha gustado mucho. Te lo has currado de cojones, si señor.

Juan G. Marrero dijo...

“Yo, Claudio”
Uno que no quiere nostalgia, que no quiere echar la vista atrás, como "La chica de ayer", pero tú has dado en la llaga
¡Melancolía de la lluvia en los cristales…!