sábado, 23 de mayo de 2009

El viaje.


EL VIAJE


Llevaba más de una hora al volante y la monotonía de la carretera estaba empezando a pesarme. Bajé un poco la temperatura del climatizador y conecté el cedé con la esperanza de que un poco de música me ayudara a concentrarme en la conducción. El rock de Bruce Springsteen resonaba a todo volumen y comencé a seguir el ritmo de la música con los pulgares sobre el volante. En el centro del salpicadero la pantalla digital del GPS titilaba mostrando la ruta que seguía. Un cartel informativo, la salida a Lleida, apareció sobre la calzada y simultáneamente parpadeó en la pantalla la indicación de la salida. Hay que reconocer que esta tecnología por satélite es bastante útil para alguien que como yo viaja mucho y a pesar de ello insiste en perderse en el primer desvío anónimo que se encuentra en la carretera. «Down to the river though I khow the river is dry», la música de Bruce me devolvió la atención en la carretera, mi largo río de asfalto.




El piloto agitó la cabeza confuso. Se inclinó a su izquierda sobre una consola repleta de botones y pulsó sobre varios que se iluminaron de rojo. Un altavoz que había sobre su cabeza chirrió: «entrando coordenadas». El piloto se inclinó ahora sobre su lado derecho y pulsó sobre una pantalla táctil, empezaron a aparecer infinidad de símbolos que saltaban a un lado y a otro hasta que finalmente se fueron transformando en una secuencia de números y letras. Introdujo la secuencia en el teclado bajo la pantalla, el altavoz volvió a soltar otro mensaje electrónico «calculando coordenadas», observó la pantalla que estaba justo frente a él mientras se iban dibujando cuadrantes que representaban sectores espaciales, esferas que representaban planetas, y líneas que representaban rumbos planetarios y derrotas gravitatorias. El piloto se ajustó los ariculares y pulsó el pequeño micro que le presionaba la mejilla.
—Habla el capitán. Hemos salido sin ningún contratiempo de la atmósfera terrestre y nos mantenemos en la órbita de Júpiter. Mantenemos órbita estacionaria, he fijado el rumbo y entraremos en el hiperespacio en cinco minutos… más o menos. —Observó la fila de cronómetros que había sobre la consola de botones para confirmar su estimación.
Volvió a pulsar sobre el micro y cerró la comunicación, se inclinó sobre la pantalla táctil y volvió a sentir un pequeño mareo.



La música consiguió sacarme del sopor, creo que perdí la visión de la carretera por un momento. Fijé la vista nuevamente y me concentré en la conducción. ¿Por donde voy? Vi un cartel informativo sobre mi cabeza, Torrente de Cinca 5 Km, miré hacia el GPS. Imposible, eso está a más de veinte kilómetros de la salida a Lleida. Apreté el volante confuso, sí que se me va el tiempo rápido hoy, deben ser las ganas que tengo de volver con mi familia. Miré por el espejo retrovisor y vi los paquetes de regalos que llevaba en el asiento trasero, si mantenía la velocidad y hacía un descanso para comer algo estaría en casa a primera hora de la mañana. Quería entregar los regalos de navidad a los niños y pasar con mi familia el día entero, pero esperaba llegar antes de que la pequeña Emma se levantara de la cama y asi ahorrarme las explicaciones de porqué Papá Noel me había dado a mí los regalos en lugar de dejarlos bajo el árbol. Había tenido una semana agobiante, con reuniones interminables, leyendo informes y preparando memorándums, pero el congreso había salido bien y a pesar de todo había encontrado tiempo libre para comprar los regalos. Aunque había escatimado demasiado tiempo al sueño y ahora lo estaba notando. Apreté el volante y me puse a enumerar los regalos para tener la mente distraída y no caer en la monotonía de la carretera. Un teléfono móvil y un i-pod para Aintza la mayor; una bicicleta y un coche teledirigido para Alain; y para la pequeña: un par de muñecas, unos patines y un gato persa que había comprado por la mañana y que había colocado en el portabultos junto con la bicicleta. Sonreí pensando en la expresión de la cara de Emma cuando viera el gatito por el que había estado suplicando desde el verano.
La música volvió a sacarme de la ensoñación, «ground control to Major Tom, ground control to Major Tom». Los primeros compases de Space Oddity de David Bowie reclamaban mi atención al volante, observé el reloj en el salpicadero que señalaba las tres y media de la madrugada y casi sin querer alcé la vista al parabrisas y observé el cielo estrellado.



El piloto se estremeció sobresaltado, estiró la cabeza hacia la derecha y se frotó los ojos para despejarse. La alarma se había activado y ahora verificaba la causa. Sólo faltaban tres minutos para entrar en el hiperespacio, se había quedado absorto mirando el espacio exterior y perdió la noción del tiempo durante un par de minutos. Se enderezó en su sillón y apretó el micro.
—Habla el capitán. Tres minutos para hiperespacio, iniciad protocolo de crucero.
Al mismo tiempo fue apretando botones y moviendo palancas, las luces ambientales se tornaron rojas y se volvieron más atenuadas. En la pantalla táctil comenzaron a bailar números y letras mientras en un panel lateral se iban encendiendo luces conforme el ordenador iba chequeando los procesos el protocolo: estabilizadores, motor, electricidad, etc. El altavoz volvió a lanzar otro mensaje con su voz electrónica «protocolo de crucero verificado, un minuto para entrar en el hiperespacio». En la pantalla grande los rumbos fueron recalculados automáticamente y el capitán se relajó, ajustó su cinturón de seguridad y esperó. Sabía que en toda la nave la tripulación ya ocupaba sus puestos de crucero y el ordenador se ocuparía de detectar cualquier posible fallo en el sistema. «Treinta segundos para hiperespacio». Las luces rojas comenzaron a parpadear al mismo tiempo que se activó una alarma sonora similar a un despertador. «Diez segundos, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno». La nave se estremeció unos instantes y de repente pegó un tirón hacia delante que hizo que la espalda del capitán aplastara el respaldo de su sillón. Aferró las manos a los mandos para mantener la estabilidad de la nave y crispó la mandíbula mientras su cuerpo se desencajaba. Luego la nave se estabilizó, las luces rojas se apagaron, la alarma dejó de sonar y algunas pantallas se apagaron y se volvieron a encender. Los altavoces emitían un chirrido electrostático. El capitán se tranquilizó y soltó los mandos, todo iba bien. El hiperespacio permitía moverse entre enormes distancias en muy poco tiempo, pero para ello era necesario triplicar la velocidad de la luz y eso no era nada fácil. Lo normal era que el campo magnético de la nave se invirtiera dando como resultado algunos apagones y la electrostática que producían los altavoces, en algunas ocasiones la nave se desintegraba, pero afortunadamente no era muy frecuente. El ordenador volvió a lanzar un mensaje: «Estamos en hiperespacio. Desactivado el protocolo de crucero». Las luces se volvieron a encender.





Una luz lejana me deslumbró, los faros de algún coche que circulaba por los carriles contrarios. La música sonaba distorsionada, pestañeé para recobrar la visión y volví mi atención a la carretera, no tenía ni la más mínima idea de por donde iba, y encima el GPS estaba apagado. Maldita tecnología siempre se jode cuando más falta hace. Miré el reloj y casi suelto el volante de la sorpresa, eran las cuatro y cuarenta y siete minutos. Entró una nueva pista del cedé y la música volvió a sonar normalmente, además el GPS se encendió de nuevo, sin embargo se había reseteado y para volver a visualizar el itininerario debía reprogramarlo de nuevo, algo peligroso a la velocidad que iba. Había pasado más de una hora sin que me diera cuenta, estaba perdiendo la conciencia del tiempo y del espacio, lo mejor será buscar un área de servicio y descansar un rato, y volver a programar el GPS a ver por donde demonios voy. Seguí circulando un buen rato, hasta que vi un cartel señalizador indicando un área de servicio a dos kilómetros. Pasé al carril de la derecha y comencé a disminuir la velocidad atento a la vía de salida. De reojo ví los paquetes que se encontraban a mi derecha, los regalos para mi esposa: unos pendientes de plata y un bolso de esos que quitan el aliento al pagarlos pero que gustan a las mujeres. Por un instante la recordé, su pelo rubio, sus ojos color de miel, su piel morena, por un instante los recordé a todos y miré la foto que llevaba pegada al salpicadero. Puse el indicador a la derecha y me incorporé al área de servicio. Ahora sonaba la música de Simple Minds «Don’t you forget about me, don’t, don’t, don’t, don’t, don’t you forget about me, will you stand above me». Me gustan las mentes simples, seguro que no tendrían estos lapsus que tengo yo.



El piloto abrió los ojos, con una mirada comprobó que todo iba bien. Abrió el cinturón de seguridad y se levantó. Echó una última ojeada al panel de instrumentos de la nave y finalmente salió de la sala de control. Caminó por el pasillo despacio, mirando al suelo. Se encontró con varios miembros de la tripulación a los que saludó con un movimiento de cabeza y entró en otra sala. Una figura en pié al fondo trabajaba en una terminal de ordenador volvió la cabeza al oírlo entrar.
— Buenos días capitán.
— Hola doctor Rosacruz.
El doctor dejó el ordenador y empujando su butaca se desplazó hasta la mesa donde le aguardaba el capitán.
—¿Cómo se encuentra hoy?
—No lo sé, dígamelo usted.
—Se trata de esas pérdidas de conciencia, ¿verdad?
—Sí.
—¿Le ha ocurrido de nuevo?
—Sí.
—Le someteré a un escáner —el doctor se levantó y se dirigió al fondo de la sala—Cuénteme lo que ha visto hoy.
—Pues…iba en un extraño vehículo, a ruedas, por una especie de autovía, de noche. Y oía música. Sólo circulaba…y pensaba.
—¿Y qué pensaba?.
—Pensaba…que era feliz.



2 comentarios:

Juan G. Marrero dijo...

¡Dentro de poco saltarás a guionista de Almenábar o constructor de novela negra...!

Mode dijo...

Está muy guapo, Claudio.