domingo, 21 de noviembre de 2010

La marea azul.

LA MAREA AZUL


Como cada madrugada, me dirigía a mi trabajo. Una mañana fría y oscura, desapacible. La niebla enroscaba sus tentáculos de vapor en las farolas y unas gotas de agua manchaban los cristales del coche, mientras el limpiaparabrisas, al ritmo de la música del cd se movía mecánicamente arrastrando las gotas con su baile de metrónomo. Con la mano izquierda iba limpiando el vaho del cristal, mientras circulaba con precaución por las calles. En cinco minutos subía por la vieja carretera del cementerio, al mismo tiempo que la niebla se replegaba ante el alisio que ya soplaba tierra adentro, dejando al descubierto las blancas paredes del camposanto, solitario y tenebroso a mitad de la colina. Seguí circulando por la ciudad, por la maraña de calles que ya me conocía sobradamente sin prestar demasiada atención mientras me restregaba las legañas y bostezaba aburrido a punto de llegar a mi destino.

Y de repente intuí que algo había cambiado. Abrí los ojos, perplejo, y de pronto lo percibí con claridad. Un légamo azulado y viscoso recubría las calles. Como si durante la noche la marea hubiera recubierto las calles y al bajar, mientras se retiraba, hubiera dejado atrás un mar de algas de color azul.

El campo acuoso, de un viscoso turquesa, se extendía por todas las calles de la parte baja de la ciudad. Los pocos transeúntes que vagaban a esas horas, chapoteaban torpemente sobre la extraña bajamar, mirándose sorprendidos unos a otros, buscando una respuesta al extraño fenómeno.

Paré junto a la Plaza Central, donde un grupo de parroquianos se había congregado junto al Bar Esquina, en busca de un café caliente y de información. Pero en realidad nadie podía explicar el extraño suceso que contemplábamos. Uno de los allí presentes llamó la atención sobre las ondulaciones que oscilaban en una misma dirección, era cierto, una especie de corriente parecía mover aquella masa gelatinosa en una misma dirección. Pero de repente algo ocurrió.



Una ola fangosa y azul se alzó sobre los vehículos que se encontraban estacionados a la puerta del bar. Ascendió casi dos metros y luego cayó sepultando a los coches en un tsunami agitado y burbujeante. Cuando el líquido volvió a la calma no había ni rastro de los coches. Nos miramos horrorizados unos a otros, un par de hombres que se encontraban a mi derecha perdieron los nervios y corrieron por las calles chapoteando entre el cieno turquesa. Al final de la calle el fenómeno se repetía acometiendo contra toda clase de vehículos estacionados o en circulación. No se salvaban ni las motos ni las bicicletas, tan sólo los peatones y los aterrados conductores que se quedaban sobre el asfalto, sentados y empapados de una especie de tinta azul, después de que los vehículos que conducían desaparecieran misteriosamente bajo la extraña ola.

Pronto se desató el pánico y la gente comenzó a correr sin rumbo fijo por las calles, los pocos vehículos que seguían en circulación esquivaban a los corredores para terminar chocando contra las fachadas de los edificios antes de que una ola azul los cubriera y los hiciera desaparecer.

Observé nuevamente la extraña película oleosa que burbujeaba a nuestros pies, no parecía querer subir a las aceras, se limitaba a fluir por la calzada. Y ahora la corriente parecía ondular con más fuerza. Seguí con la mirada la dirección y pude observar que parecía seguir un patrón prefijado. Caminé con precaución por la acera sin perder detalle y al cabo de un rato pude comprobar que todas las ondulaciones parecían confluir en un mismo edificio.

A pesar de que ya debía haber salido el sol, la niebla se había cerrado y parecía que era medianoche. Alcé la vista y pude contemplar el lúgubre inmueble del Ayuntamiento, las dos plantas se alzaban amenazantes sobre los pocos transeúntes que deambulaban sin rumbo, las sombras se alargaban desde sus tejados y absorbían la poca luz que atravesaba el filtro de niebla. A simple vista pareció elevarse sobre el horizonte, y las ventanas se alargaron y las puertas se oscurecieron mientras las paredes se afilaban en las esquinas. Frente a la fachada principal discurría la calle Primera, un amplio boulevard con bares y comercios a los lados que ahora estaba completamente vacío. Por detrás se veía el extraño perfil del centro comercial abandonado, antiguamente había sido el eje comercial de la ciudad pero ahora solo quedaban las ruinas y el recuerdo de tiempos mejores. A ambos lados las estrechas calles se perdían en un laberinto de callejones peatonales, oscuros y desolados, por donde solo me llegaban apagados entre chapoteos sonidos de gritos y sollozos. Por el suelo serpenteaba la marea azul que salía a borbotones de los desagües del edificio y caía a chorros por las gárgolas del tejado, para luego dispersarse por las calles de la ciudad.

Observé una puerta lateral entreabierta y sin pensarlo dos veces me introduje dentro. Las mesas aparecían volcadas y los cajones abiertos y su contenido esparcido por el suelo. Armarios rotos, sillas tiradas y cristales por todos lados. Entre los escombros ví una persona, la saqué solo para comprobar que había muerto, le habían abierto el pecho y extraído el corazón y los pulmones que colgaban a un lado. Debía ser algún honrado ciudadano que había acudido a pagar sus impuestos. Aguanté como pude las arcadas y continué caminando entre el caos, ahora con mucha más precaución. Sea cual sea el mal que se había apoderado de la ciudad ya no se limita a atacar coches, ahora también va por los contribuyentes. Al llegar a la planta baja pude escuchar un eco lejano de voces, parecían salir de una de las puertas laterales junto a las escaleras. Escudriñé el interior entre las tinieblas y al final me pareció ver una luz que oscilaba entre la oscuridad.



Entré con mucho cuidado de no hacer ruido y me fui arrastrando hasta el fondo. Me encontraba en el primer sótano del edificio, a mi alrededor se encontraba lo que parecían ser los archivos de la ciudad. Aquí no había nada revuelto, lo que fuera que buscaban los intrusos se encontraba en los pisos superiores. Me arrastré hasta una columna lateral y me agazapé entre un enorme archivo, desde allí tenía una perfecta visión del círculo de luz, alcé la vista desde mi refugio y el terror se apoderó de mi alma. La horrenda visión que tuve ante mí revolvió el pánico en mi mente y amagó un alarido desde mis pulmones que solo pude evitar tapándome fuertemente la boca con la mano al tiempo que mis ojos lloraban de puro miedo. Hube de agarrarme a la columna para no caerme, pues mis rodillas temblaron ostensiblemente y caí de bruces casi desmayado. Me arañé la mano para recuperar la consciencia y fui calmando mi respiración poco a poco. Volví a alzar la vista despacio luchando contra mi propia razón que me obligaba a salir corriendo del lugar. Y ví, ¡Oh Dios Mío! Un blasfemo aquelarre, ¡perdóname Señor! Un Sínodo maldito, quería arrancarme los ojos ante esta horrible visión, ¡ángeles del cielo, traed la luz a este infierno!, pues nunca podré olvidar aquel cónclave sacrílego que volverá a mí como una pesadilla. Y ví, un círculo de veinte figuras encapuchadas con las manos alzadas en un rezo de perdición y pecado, tenían grabados en sus túnicas el Caos y la Corrupción, el Poder y la Podredumbre, cada una de ellos portaba una antorcha y señalaba el centro de la estancia donde un gran pozo oscuro se hundía en las profundidades de la tierra. Junto al borde una terrible figura leía un libro sobre un atril de piedra. Entonaba sus versículos que eran respondidos por el resto del sanedrín al grito de “Iä Iä” y a medida que su discurso avanzaba en el pozo un horror reptante y fungoso se agitaba en sus profundidades. Levantaba su bastón de mando y el resto respondía alzando las antorchas y saludaban: “hail, hail”. Entre la cacofonía reinante pude distinguir algunas palabras: “Ph’nglui mglw’nafh cthulhu, R’lyeh wgah’nagl fhtagn”. Y comprendí la terrible verdad que se escondían tras esos versículos, se trataba del libro prohibido, del tomo maldito, el Constitunomicón, el libro de las Libertades Muertas, escrito en los albores de la democracia y que había sido proscrito por los Sacerdotes Legisladores del Culto de la Injusticia. Y pude observar también que cada vez que uno de los acólitos levantaba su antorcha, arrojaba al pozo ofrendas votivas y exvotos constitucionales: Libertad de culto y de reunión, Libertad de pensamiento y justicia, derechos inalienables a la vivienda, a la educación, a la sanidad. Y con cada ofrenda el monstruo en el pozo crecía y rugía de rabia vengativa, y destilaba de su boca un vómito índigo y viscoso: La extraña marea azul.

Mi valor no aguantó más, mis temblores se hicieron incontrolables y caí de espaldas, con tal mala fortuna que vine a tropezar con una silla que terminó cayendo con un fuerte ruido. La ceremonia tenebrosa de interrumpió de repente y todo el mundo miró en mi dirección. El Conductor del Culto agitó su bastón de mando hacia mí y al instante varios de sus acólitos se lanzaron en mi persecución. Comencé a correr como un poseso en medio de un laberinto de pasillos y habitaciones cerradas hasta llegar a una pequeña puerta abierta que conducían a unas escaleras que bajaban. Era demasiado tarde para retroceder y buscar otra alternativa, así que comencé a bajar con cautela, mientras escuchaba los ruidos de mis perseguidores rebuscando en el piso superior. Al fin llegué a una estancia inmensa en forma de caverna, del techo goteaba por todos lados ese líquido azul pegajoso, y del fondo llegaba un espantoso hedor de podredumbre y corrupción. Me acerqué temeroso y lo que ví acabó por evaporar los pocos restos de cordura que aún me pudieran quedar en la mente, en el alma o en el corazón. Ante mí se abría un enorme socavón, tan grande que podría caber una iglesia en su interior, debía extenderse por los sótanos del ruinoso centro comercial e incluso hasta los cimientos del parque que había al otro lado de la plaza del mercado. Y en dicho agujero se alzaba un terrible y horroroso ser, semejante a un gusano gigante, abotargado y arrugado, que se movía sinuoso al compás de una extraña música. Lo que yo había vislumbrado en el pozo en los pisos superiores era tan sólo el apéndice superior del pavoroso ser. A un lado del monstruo pude ver dos individuos sentados en el suelo con las piernas cruzadas, tocaban un extraño instrumento parecido a una flauta y con la música parecían tener controlado al terrible leviatán. Me acerqué despreocupado de mi propia seguridad, a estas alturas ya no me importaba mi vida cuando mi cordura había bajado a los abismos de la realidad. Creí reconocer a los músicos, uno de ellos era el presidente de la cámara de comercio de la ciudad y el otro un conocido médico a quien yo le otorgaba una inmaculada reputación y que gozaba de cierta credibilidad entre determinados círculos vecinales. No pude mostrar mi estupor más allá de unos segundos, pues a mi espalda resonaron el eco de los pasos de varias personas. Mis perseguidores habían dado conmigo, y se apelotonaban a poca distancia dispuestos a lanzarse sobre mí, pero se limitaron a apartarse a un lado. El Conductor del Culto se abrió paso entre sus acólitos y se enfrentó a mí, alzó su bastón de mando y me exigió: “olvida todo esto, entrégate a nosotros y a cambio te daremos un salvoconducto para sortear la Marea Azul y cuando todo esto termine serás uno de los nuestros”.



La razón volvió a mí, los recuerdos navegaron por mi memoria trayendo imágenes de guerras pasadas, de oscuros pozos ya casi olvidados, de eras de dolor y miedo bajo las botas del terror. La rabia encendió mi ánimo y sin pensarlo dos veces me lancé contra el Conductor y le golpeé con toda mi fuerza, lo alcé sobre mis hombros y lo arrojé hacia la criatura monstruosa. De sus costados emergieron varios seudópodos que lo agarraron con firmeza y lo elevaron hasta su terrible boca que dejó de lanzar líquido azul para engullir al canalla como si fuera un insecto. No dejé que los acólitos encapuchados reaccionaran, agarré el bastón de mando y golpeé al flautista comerciante en la cabeza. Esparcí sus sesos por el suelo y un nuevo tentáculo agarró al desgraciado y lo engulló como al anterior. El otro flautista se revolvió esquivando mi golpe y profiriendo un terrible alarido: “no podrás evitarlo insensato, yo lo invoqué hace años y para acogerlo diseñé y construí esta caverna subterránea donde preparar su advenimiento, la llegada de Park-Im-Etroo”. No esperé más, le dí un bastonazo con tal fuerza que le arranqué la mandíbula, y mientras un tentáculo lo elevaba del suelo destrocé las dos flautas que habían caído al suelo. A mi espalda los acólitos recobraron los ánimos y se lanzaron a por mí, pero el monstruo sin el gobierno de la música comenzó a dar bandazos de un lado a otro, mientras cientos de seudópodos caían por todos lados aplastando todo lo que atrapaban. Corrí hacia la pared y me escabullí por una puerta lateral que subía a la superficie, atrás solo pude ver cómo los acólitos que corrían presas del pánico eran aplastados por los tentáculos. Salí al exterior detrás de una esquina del edificio en ruinas, y continué corriendo hasta el parque al otro lado de la plaza, chapoteando entre charcos inmensos de agua azul, mientras las entrañas de la tierra se removían en medio de un terrible terremoto. De repente toda la plaza y el centro comercial se vino abajo y una inmensa ola azul se elevó por los cielos seguida de una nube de polvo y tierra. Luego el silencio.

Un enorme socavón era todo lo que quedaba en dos manzanas a la redonda, en su interior no había nada, excepto en el fondo donde se estaba formando un pequeño lago con el agua azul que caía de la superficie, todo el repugnante líquido azulado parecía regresar al agujero de donde había salido.

Emprendí el camino de regreso a casa, estaba agotado y herido. Dí un par de pasos y tropecé con algo, entre los escombros había un libro. Antes de recogerlo ya sabía qué era: El Constitunomicón, el terrible libro de las Libertades Muertas, prohibido por un montón de tiranos que anhelaban llevar la oscuridad al mundo. Lo oculté entre mis ropas y seguí mi camino.


7 comentarios:

Claudio Ramírez dijo...

Este relato lo tenía perdido por el disco duro y trajinando lo he encontrado y rescatado. Espero que les guste.

Juan G. Marrero dijo...

¡Qué pasada...!

Me enganchó desde el principio y luego ME REÍA A CARCAJADAS....

¡¡BUENÍSIMO.....!!

hellawaits dijo...

TIO, AQUI TE HAS SALIDO POR TODOS LADOS.....IMPRESIONANTE...ME HA ENCANTADO...Y NO HAN SIDO LOS FLAUTISTAS JAJAJAJA, MADREMIA QUE BUENO...PURO LOVECRAFT....Y POR DESGRACIA PURA REALIDAD. COMO HA DICHO JUAN, BUENÍSIMO....

Raúl M.V. dijo...

Qué gran relato, Claudio. Pura literatura de terror. Con un principio que más que invitar, obliga a seguir leyendo. Repito, que gran relato, con magistral dominio del suspense y de la metáfora. Y lo más impactante al leerlo, es que deja tras de si, un poso de realidad más asombrosa que la ficción. Enhorabuena, compañero, vuelve la buena literatura (algunos tenemos la creatividad dormida)a este blog.

Modesto González dijo...

Perfecta alegoría del poder corrupto, con ese toque irónico propio de tí. Veremos si recibes la nómina el mes que viene jejeje. Muy bueno, con ese toque viscoso que me recuerda a las películas de Men in black, o los libros de Lovecraft. No olvides incluirlo en el libro hedonista. ¡¡Fantástico!!

Satori dijo...

Si es que cuando te da por sacar lo mejor de ti no hay quien pueda contigo...
¡Que buen relato!.

INMA MENDOZA dijo...

Maravilloso claudio.vivan los archivos perdidos.te has salido con este relato,aunque tengo la sensacion que podias seguir narrando mas cosa.FELICIDADES