Se apeó del bello corcel, se desenfundó los guantes oscuros, el casco blanco y, vestido de un azul que rezumaba firmeza y solidez, nos saludaba con un tono que alzaba nuestro valor ante las duras sacudidas del estafador público, el ayuntamiento, y del estafador de almas, la iglesia.
El viaje que emprendimos esa noche junto a él prometía alzarnos victoriosos en batallas épicas, momentos gloriosos, y una anhelada visita a su castillo lujoso, en una región cercana al pueblo, famosa por el color apergaminado del exterior.
Su voz, cautivadora y mágica como la de Gandalf, nos hipnotizó con su lucha, y fuimos decididos a defender nuestra isla de Gran Canaria, en el castillo de la Luz, contra los fanfarrones de los holandeses e ingleses que creían, con osadía y burla, someter a la isla a su yugo, a su dominio, sin conocer primero que unos valientes de la tierra defenderían su isla a muerte. Nos hizo sentir más amantes de nuestra tierra, amparándola tanto como si del bazar se tratase, y de todo aquel que osase a robar nuestra cultura y nuestra habla.
Y, cómo no, nos sentimos protegidos entre las murallas de sabiduría que decoraban su castillo, levantado en honor de miles de escritores, y de las miles de grandes historias escritas que componían su gran biblioteca. Desde el suelo hasta el techo, cientos de ladrillos de papel asentaban una fortaleza creada por su amor a la literatura, por su insistencia de conocer más, y por su empeño de traspasar, a través de los libros, un espejo hacia el cielo, volando con las palabras y su desbordante imaginación, hacia una evasión de la realidad, hacia un acercamiento a la fantasía,de reyes traidores y bellas princesas.
Flotando ante una magistral narración, nuestro amigo nos hizo cabalgar por innumerables hechos históricos, hacia el ayer, por Roma y Alejandría, la edad Media y el mundo contemporáneo, y por todos aquellos lugares que fueron asentados en la Tierra, y que ahora son polvo. Como polvo son personajes ilustres que dejaron su huella, su legado, y su vida y que, gracias a él, conocemos de primera mano, entre comentarios mordaces e irónicos, con un tono amistoso inconfundible, el movimiento firme de su cuerpo alto y desgarbado, y esa eterna posición de brazos cruzados.
Y antes de que viniese nuestro último amigo, bajo los graves acordes de unos pasos firmes y amistosos, vimos pasar, a través de un espejo colocado en las puertas del bazar, al mundo que se fue, del cual venimos, y el cual olvidamos con demasiada facilidad. Por ello, primero por su grata y amistosa compañía, por ser un ilustre historiador a nuestro servicio, y el escriba que nos conduce con su pluma y su tinta hacia la antigüedad y el conocimiento, siempre será y es para nosotros "El Caballero".


















