sábado, 17 de abril de 2010

El Bazar de los Sueños

4º parte


Cuando aún gozábamos de la película "El Bazar de los Sueños", el director, el filósofo, el anfitrión y yo, escuchamos cercano a nosotros el sonido de los cascos y el relincho de un caballo, acercándose desde la iglesia de Arucas y parándose ante el bazar, en el adoquinado que pasaba de largo y se perdía por la calle hasta la plaza del pueblo. Con aire imperial, aparecía nuestro amigo llegado expresamente para la ocasión desde la Edad Media, a la reunión convocada en este último día, donde los ojos pardos de la tienda, cerraba definitivamente un lugar de culto para los hedonistas. 
 
Se apeó del bello corcel, se desenfundó los guantes oscuros, el casco blanco y, vestido de un azul que rezumaba firmeza y solidez, nos saludaba con un tono que alzaba nuestro valor ante las duras sacudidas del estafador público, el ayuntamiento, y del estafador de almas, la iglesia. 

 
El viaje que emprendimos esa noche junto a él prometía alzarnos victoriosos en batallas épicas, momentos gloriosos, y una anhelada visita a su castillo lujoso, en una región cercana al pueblo, famosa por el color apergaminado del exterior.

Su voz, cautivadora y mágica como la de Gandalf, nos hipnotizó con su lucha, y fuimos decididos a defender nuestra isla de Gran Canaria, en el castillo de la Luz, contra los fanfarrones de los holandeses e ingleses que creían, con osadía y burla, someter a la isla a su yugo, a su dominio, sin conocer primero que unos valientes de la tierra defenderían su isla a muerte. Nos hizo sentir más amantes de nuestra tierra, amparándola tanto como si del bazar se tratase, y de todo aquel que osase a robar nuestra cultura y nuestra habla. 
 
Y, cómo no, nos sentimos protegidos entre las murallas de sabiduría que decoraban su castillo, levantado en honor de miles de escritores, y de las miles de grandes historias escritas que componían su gran biblioteca. Desde el suelo hasta el techo, cientos de ladrillos de papel asentaban una fortaleza creada por su amor a la literatura, por su insistencia de conocer más, y por su empeño de traspasar, a través de los libros, un espejo hacia el cielo, volando con las palabras y su desbordante imaginación, hacia una evasión de la realidad, hacia un acercamiento a la fantasía,de reyes traidores y bellas princesas.



Flotando ante una magistral narración, nuestro amigo nos hizo cabalgar por innumerables hechos históricos, hacia el ayer, por Roma y Alejandría, la edad Media y el mundo contemporáneo, y por todos aquellos lugares que fueron asentados en la Tierra, y que ahora son polvo. Como polvo son personajes ilustres que dejaron su huella, su legado, y su
vida y que, gracias a él, conocemos de primera mano, entre comentarios mordaces e irónicos, con un tono amistoso inconfundible, el movimiento firme de su cuerpo alto y desgarbado, y esa eterna posición de brazos cruzados.

 
Y antes de que viniese nuestro último amigo, bajo los graves acordes de unos pasos firmes y amistosos, vimos pasar, a través de un espejo colocado en las puertas del bazar, al mundo que se fue, del cual venimos, y el cual olvidamos con demasiada facilidad. Por ello, primero por su grata y amistosa compañía, por ser un ilustre historiador a nuestro servicio, y el escriba que nos conduce con su pluma y su tinta hacia la antigüedad y el conocimiento, siempre será y es para nosotros  "El Caballero".

viernes, 16 de abril de 2010

Bubook

Mensaje para MENSY

Mensy
Me gustaría mucho que te unieras al proyecto de bubook con tus trabajos.
Me gusta lo que escribes,y también me agradaría porque eres una de las principales integrantes del blog.


Bueno, que te esperamos...

Anímate.

jueves, 15 de abril de 2010

Almas Malditas V. Última parte. Una puerta abierta en la noche.

Antonia empezó a vivir el mismo día en que su madre murió. Y conoció a la libertad el mismo día en que abrió las ventanas, mojando su asombro con la lluvia exiliada que al fin volvía de su emigración, y que se precipitaba enaltecida ante una lucha con las arenas arraigadas en el pueblo de Arucas.

Antonia despertó entumecida por el frío antinatural se le colaba entre las mantas, con las sábanas removidas por un mal presentimiento, y el silencio desacostumbrado a esas horas de la mañana. Había dormido más de la cuenta, y eso alteró en sumo grado la costumbre diaria de limpiar la casa desde las ocho, tal y como había impuesto su madre, cuando aún saboreaba el café, cuando aún vagaba adormecida, y con el sol recién nacido. Eran más de las diez cuando sintió el frío de la desnudez, al mirarse al espejo de la cómoda. Se vistió con una bata, y quedó asombrada ante las grietas que su piel había cosechado durante años, y que ahora florecían sin motivo aparente.

Esbozó un gesto sombrío, al recordar, de repente, mientras se veía a sí misma, que aquella noche, alguien entró invitado a su casa.



Voces convertidas en ecos, que se apagan, y que ahora, al despertar, quedan suspendidas en un sueño inquieto. En la noche madura, Antonia siente los gélidos susurros. El día huye y nada sabe, pero la vida reniega, e ignora, las conversaciones de los muertos, que despiertan en la clandestinidad, y que durante horas, sin latidos y venas vacías, circulan por las calles y entran en las casas, se presentan, y enseñan el reloj de la vida a la persona escogida, y que con el latir de los últimos segundos, le dicen: es la hora.



Huyó de la habitación respirando la irregularidad en el ambiente, rajando el silencio en el piso con sus zapatillas. Fue hasta el dormitorio de su madre que, en ese día, le había dado la espalda al reloj y no la había avisado a la hora acordada. Presenció la cama de Dolores como si fuera su cuerpo, arrugado y yermo, como el desierto, con las sábanas arrugadas y viejas, impregnando el ambiente con las decrépitas partículas de los años que no perdonan.

Pero aquella noche no durmió allí. Recogió el misterio del dormitorio de su madre, cerró la puerta, y bajó las escaleras, mientras escuchaba la lluvia arreciar en las ventanas, con el fin del éxodo de las nubes que ya volvieron, y llamaba a su madre en un canto desafinado que rompió la bella música de una orquesta en silencio.
 La cocina había sido secuestrada por la quietud, donde cacharros y vasos habían dormido desde que ella los limpió anoche, antes de acostarse. El vaso dejado por ella a su madre, seguía en el mismo lugar de siempre, callado y asombrado ante la perturbación del hábito roto después de décadas de tradiciones irrompibles. Siguió hasta el salón, mirando las grietas irónicas entre las maderas, burlándose de su turbación. Se debatía entre posibilidades, pero al despertar, hace unos minutos, constató que la sospecha rondaba por su cabeza como una mosca incesantemente terca.

Enferma de desesperación, llegó con andar indeciso y se encontró con el rostro lívido y dormido, aunque desconocido, de Dolores, que lucía un recién estrenado sosiego, como nunca la había visto en vida. Y es que Dolores siempre vivió atada a las desavenencias del pasado, con una atmósfera cargada de tormentas, después de que la paz huyese de una alma que la expulsaba por no ser bienvenida. Y así lo exteriorizó en todo momento, a través de su disgustada faz, molesta por todo, contenta con nada. La muerte empezó a trabajar con ella.


No hubo que tocarla, no hubo que hablarle, solo la miró por última vez. Encendió la radio apagada durante años, y dejó que los instrumentos apretados tras el cacharro, se descongestionasen y recorriesen el techo y el aire muerto con sus graves y agudos.

Antonia se convenció de que, anoche cuando ella subió a dormir, su madre había dejado, intencionadamente, la puerta abierta.


Subió de nuevo y se vistió, y bajó del dormitorio. Pero no fue hasta ella, que nada temía ya, sino hasta la calle, a dejarse empapar, a acompañar en sus risas a su prima María de los Ángeles, que desempolvaba la tristeza de su bata con sus tremendas carcajadas.

De lejos, al final de la calle, entre cortinas de agua, le pareció entrever a su madre y a un hombre junto a ella. Era su tío, Celestino.
Luego se deshicieron como rutas del río que llegan al mar, como dos humos que subían hasta el cielo tras huir del fuego de la vida.
Antonia entró, y preparó todo para el entierro, con precisión asombrosa y brío insólito. Tiró el vaso de agua destinada a su madre, pero le tembló la mano cuando le quemó por lo frío que estaba. Se miró al espejo, donde avistó los últimos años de su juventud. Se miró su ya antigua piel, y su alma, donde la muerte de su madre excarcelaba su auténtica personalidad.

Le hizo un último favor. La vistió con el traje negro que siempre ostentó los domingos en misa, por guardar, como se prometió en vida, un luto impuesto hasta su muerte, hacia su padre fallecido, repentinamente, hacía muchos años.

La dejó preparada hasta que viniesen a buscarla, en los prolegómenos de su nueva vida. Luego hablaría con Esperanza, para retomar la amistad perdida por la reprobación de su madre, quién no veía decencia y pulcritud hacia alguien que casi nunca vio ni conoció.


Tantos planes había previsto para aquel día, que no sabía por donde empezar, cual escoger, así que se quedó sentada bajo el marco de la puerta, viendo llover a cántaros, escuchando como lloraba el cielo, sin el grito de su madre llamándola, con el silencio tras su espalda, esperándola, y sintiéndose protagonista de nuevas historias, de escuchar nuevas voces, de conocer nuevas almas malditas.

domingo, 11 de abril de 2010

El Rincón del Cinéfago

Ajami. Israel. 2009

Directores:
Scandar Copti y Yaron Shani


Ajami es una película israelí codirigida por un palestino, Scandar Copti, y un hebreo, Yaron Shani. Es una historia de muchos personajes que rodean a tres principales: Omar, su hermano pequeño Nasri (un excelente dibujante de viñetas en las que plasma su vida, sus miedos y sus pérdidas) y Malek. Sería fácil para los directores retratar el conflicto religioso y fronterizo; que de cierta manera está plasmado en la historia ya que las diferentes vidas transcurren en “Ajami”, un barrio de Tel Aviv en el que conviven cristianos, judíos y musulmanes; pero es la droga y los ajustes de cuentas el verdadero problema entre ellos. El ritmo narrativo de la película se divide en cinco capítulos: los dos primeros presentan a los hermanos Omar y Nasri y sus miedos al estar amenazados por clanes rivales y la dura vida de Malek, un “forastero” escondido en el barrio lejos de su madre enferma. Los siguientes capítulos se centran en el policía judío Dando y su rabia por la pérdida de su hermano en la guerra. El capítulo quinto es una especie de flashback que explica las consecuencias vistas en el primero. A priori puede parecer extraño y arriesgado desestructurar la historia, pero está todo tan minuciosamente ligado y contado que obliga a no perder detalle de la trama .

La crudeza de muchas imágenes y el magnífico trabajo de los actores consiguen un clima desasosegante, más si se ve en versión original, claro está. Puede llegar a ser comparada con “Ciudad de Dios”; sin el ritmo frenético de video clip de la brasileña, pero sí por la misma carga dramática y parecidos litros de adrenalina. Fue la gran sorpresa del año al colarse en los Oscars optando al premio de Mejor película de habla no inglesa. Pocas son las películas que afrontan el problema palestino-israelí tan directamente y menos las que llegan a Europa; por eso recomendaría no perderse esta magnífica historia coral, tensa y dramática.


martes, 6 de abril de 2010

Almas malditas IV. Pintando una sonrisa entre nubes de algodón.

La luz nacida de un nuevo día entró colándose a través de la ventana junto al aire frío de febrero, con una claridad que iluminó el rostro de la niña, y que la despertaba cuando aún dormía. Entreabrió sus somnolientos ojos azules y avistó desde su cama un cielo de color papel, que pintaba de miles de colores para alegrar la tristeza del invierno, mientras trazaba con sus dedos la bicicleta pedida en innumerables ocasiones a su padre, pero que no le habían regalado hasta ahora por la maltrecha economía familiar. Cada día, ese era su deseo.

Seguidamente, un grito procedente desde el piso inferior le dio el aviso de que el desayuno estaba preparado. Mientras vagaba perdida en el cielo pintando una sonrisa necesitada en estos tiempos aciagos, esperó a escuchar desde lejos el tañer de las campanas de la iglesia, que la avisaban de su vuelta al mundo real, y a las que imitaba con un fuerte ton-ton para, más que divertirse, despertar al holgazán de su hermano, que aún dormía plácidamente con seis horas de recreo y media hora de clases. Con otro nuevo grito de su madre, se levantó de un salto y bajó con la compañía de los quejidos de su hermano, que aún dormía y al que removió en contadas ocasiones, mientras estiraba sus brazos imitando a un pájaro, para ser libre y volar tan lejos como a veces deseaba.
Entró a la cocina con el alboroto de su madre con los calderos, los olores del pan recién hecho y la mirada reprobadora de su padre por no saludar, tal como la habían enseñado, y se sentó en su sitio preferido.
No seas mal educada, Clara, y da los buenos días a tu padre, le decía mamá. Pero Manuel, hombre de manos encallecidas pero maestro en el arte de dar vida a la piedra y de moldear el carácter de sus hijos con la palabra y no con los golpes, sabía que ella lo hacía intencionadamente porque quería verlo con esa cara regañada que no duraba ni tres segundos, y que la hacía reír descontroladamente cuando él se enfuruñaba. Cuando los tres reían de buena gana, Clara le dijo a su padre que el gandul de su hermano aún estaba jugando a la pelota en el recreo interminable de sus sueños. Entonces, éste se levantaba y le pegada un grito tan fuerte desde las escaleras, que hasta levantaba la cal de las paredes y ponía tieso como un palo a su hijo Manuel, que en diez segundos contados por los pequeños y blancos dedos de Clara, ya estaba sentado en su silla, quitándose las legañas de sus ojos y devorando trozos de pan que a punto estaban de ahogarlo. Era incorregible, sobre todo cuando salía escopeteado por las prisas, con su oronda barriga a punto de explotar, la boca aún manchada con mantequilla, y las gotas de leche derramadas por el suelo.

Cada día se retrasa más el reloj de la iglesia, decía con razón su padre, justo en el momento en que se levantaba de la silla y dejaba su taza en el fregadero. Su hija, siempre atenta a todas las conversaciones que corrían por las calles de Arucas, le contestó rápidamente que Don Pedro, el cura, había dicho con un tono que ella no captó, que el reloj caminaba gracias a Dios, y que la iglesia terminaría de construirse cuando a él le saliese de nuevo pelo en su calva reluciente.

-Mamá, mamá- Un vendaval de chillidos batió ferozmente las ventanas desde el exterior.

Esperanza se asustó ante tal ventisca que por poco la mata del susto, así que corrió hasta la ventana y, alejándose por la calle, avistó a su hija con sus libros en la mano, vestida con el uniforme de la escuela, sonriendo y levantando la mano por última vez en señal de despedida, con esa mirada cándida e inocente que la derretía de placer. No le sucedía nada, sólo quería despedirse por última vez. Así que la correspondió lanzándole un beso tan grande como su joven corazón, y le recordaba que no llegase tarde a almorzar.
Y es que para Esperanza, sus hijos eran el tornado que giraba su vida de felicidad. Después de ver como se alejaba presurosa hacia el colegio, entraba de nuevo a la casa solitaria, derramando lágrimas de tristeza y alegría, todas unidas y separadas por el tiempo, y recordó a su madre mientras respiraba la soledad de la casa, sentándose en una silla de la cocina.
Parecía verla delante de ella, de pie, sacando de su armario el único traje de los domingos, o dándole la única moneda de la semana, o reprendiéndola cuando lo merecía.
Muchas veces hablaba con ella, cuando a solas quería desahogarse. Siempre tuvo el presentimiento de que la escuchaba en la habitación callada, entrando como una luz por la ventana iluminando su tristeza, o apagando el frío de la añoranza con una mano cálida e invisible.

Poco después de casada, un fuego imprevisto acabó con la vida de sus padres. Nunca volvió a entrar a esa casa, pero una vez que pasó llevada por un recado, se volvió extrañada, porque le pareció percibir el aroma inconfundible de su padre: Celestino González. Pero nadie quedaba entre las negras paredes, salvo su nostalgia, su infancia y las lágrimas mojando el suelo de la calle de La Cerera.
Cuando miró a través de la ventana de la cocina, no sabía si por el azar o por el viento caprichoso, una nube en forma de sonrisa se deshacía para dejar paso a un limpio cielo azul. Luego, se desmayó.

lunes, 5 de abril de 2010

CORTINAS


Reflejos de mí que luchan contra el mundo.
Siluetas del mundo mostrando su oquedad.
Cuanto monstruo oculto asechan mi independencia.
Abro las cortinas y me meto en el espejo.
Sonriendo desde el otro lado
Sin sombra, ni oscuridad
Sin turbación, ni maldad.


Ilusorio canto de superficie sigilosa.
Con un sueño tejo otro sueño
Para que no haya mentira sin verdad
Ni verdad a medias.

Gotas de fuego que empapan mi cuerpo.
Para que secarlas
Para que alejarlas
Resbalando por cada sentir, por cada pesar.
Balas de agua y sal, que ya no se aferran a nada.
Rompiendo el silencio
Eco sobre eco
Dejo de hacer preguntas, sin dar respuestas…..

Almas Malditas III: Don Pedro, el cura.

Todos las Almas Malditas son personajes de una novela que espero y deseo vaya creciendo conforme van saliendo gentes como: Don Pedro, el cura.
Así, los van conociendo.


Don Pedro, el cura.

Su figura siempre estuvo sostenida por el misterio. Cuando se le preguntaba a los feligreses sobre su aparición en el altar aquel domingo de agosto de un año que ni las solteronas ni las viudas perennes recordaban, ellas decían, entre cotilleos y reuniones con olor a café, que Don Pedro el cura apareció vestido con una sotana que reprimía una barriga prominente, un alzacuello que disimulaba una papada generosa, y una mirada cándida que relajaba los nervios del más exaltado.
Cuando las campanas dieron las once, el cura, con sus andares balanceados y las manos enlazadas a la espalda, se acercó hasta los fieles, vestidos con sus trajes de domingo y perfumes baratos que se mezclaban con el sudor rancio de días sin ver el agua y que espantaba el olor a incienso, y concedió un discurso tan convencedor que hasta disipó las dudas del más incrédulo sobre la existencia de Dios o el pecado mortal.
Parecía una aparición divina. Su calva relucía gracias al sol que se colaba entre las vidrieras; su voz imantada y cautivadora hipnotizó a todos los presentes durante una hora seguida en la que nadie se atrevió a parpadear ni a secarse los chorros de sudor por el sofoco que entraba por la puerta. Aquella voz sosegada, entrenada durante años en los seminarios, dio un discurso de época que nadie olvidó.
Los testimonios y las apuestas sobre su edad fueron el objeto de discusión de los hombres del pueblo durante décadas. Antonio el Herrero fue el único capaz de calcular los años de Don Pedro, cuando desde niño lo veía andar por las calles con su joroba hostigante y sus comentarios reprobadores sobre la conducta de algunos enamorados que se acariciaban en las esquinas del parque de la Paz. Ya cuando sus piernas no daban más que para andar desde su casa al bar de Pepe, aún lo observaba con las mismas prisas y las mismas arrugas, y su indiscutible perfil siseado que acababa en unos zapatos negros bien lustrados, y una eterna sotana sin arrugas ni manchas. Cuando el cura salía a relucir en los debates del bar de su amigo, Antonio siempre les decía a los presentes:

-Lo que para mi han sido sesenta años, parece que para él solo han pasado unos meses.-

Don Pedro fue el único que conocía bien las inquietudes de todo los habitantes. Ayudó a María de los Ángeles a soportar el tedio de años de soledad y la espera del marido, ahuyentando pensamientos pecaminosos y proporcionando el consuelo y la esperanza de que Manuel llegaría de las arenas como Jesucristo del desierto. También tuvo la bondad de hacerle el favor a Celestino de ver cumplido su último deseo: ver pasar su entierro.


Aconsejó a familias sin tener ninguna; orientó a jóvenes inexpertos sobre las relaciones sin haber yacido con ninguna mujer; e instruyó a miles de niños a portarse bien en casa, permanecer en silencio en las clases, y a rezar antes de acostarse.

Muchos años después, alguien dijo un día en que casi nadie lo recordaba:

-Don Pedro apareció cuando la fe permanecía inalterable en los corazones de los aruquenses, pero desapareció cuando los bancos de la iglesia empezaron a vaciarse por la llegada de los nuevos tiempos.-

viernes, 2 de abril de 2010

Holi 2010



A principios de marzo, la gente de la India y otros países con grandes poblaciones hindúes, celebran Holi, el Festival de los Colores.

Una bienvenida de la primavera.

Holi se celebra como el triunfo del bien sobre el mal. Devotos hindúes dejan atrás sus inhibiciones y se persiguen en los templos y por las calles, jugando salpicados de pintura de colores, polvo y agua. La gente también asiste a hogueras para conmemorar la historia de Prahlada, cifra hindú y devoto seguidor de Lord Vishnu, quien prevaleció sobre su padre y el demonio Holika con el poder de su devoción.




Esta son algunas imágenes de este año en el Festival de los Colores.











Holi: http://es.wikipedia.org/wiki/Holi


El potaje


Estaba yo estos días de SS (¿seguridad social?, ¿SS nazi…?..) atareado con mis problemillas, entre el decretazo, el ordenador estropeado

(todavía sigue el cuarentena porque los técnicos de Arrecife trabajan como funcionarios…), libros de Krishnamurti y otros menesteres de la vida que me tenían atrofiada el alma. Pero mira por donde me fui a la tienda de la esquina y compré verduras, hortalizas… para hacer un potaje:

- Fritura con cebolla, pimiento, ajos y tomate. Luego batirlas porque a mi hijo todavía no le entra la comida de la abuela.

- Mientras se hacía aquella, iba lavando y cortando (poca cantidad) la verdura…: calabaza, dos bubangos (¡calabacines, canariones…!), col (a “ Tip” lo dejé en el baúl…), un boniato (¡¡batata muchachooo…!!), cinco papitas, una zanahoria y unas habichuelas. Esto lo puse con poco de sal y aceite 13 minutos (a partir que comenzó a girar) en la olla …

- Cando acabó la cocción destapé la olla (dejen salir el vapor…) y le eché la fritura y unas judías de bote (¡cocinero el que no bote…!). Unos minutos y se acabó.

- ¡¡BUENÍSIMO….!!

Le comentaba a una amiga por teléfono, que con toda la mala sombra que tenía, fui capaz de HACER UN BUEN POTAJE…No tiene nada que ver la corriente que te arrastra, con tu EQUILIBRIO INTERIOR…


sábado, 27 de marzo de 2010

¿De qué coño van estos tíos?

El día 31 de octubre de 1536, un individuo armado con un martillo, se acercó a la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. Desplegó un papel y lo clavó en la puerta, eran las 95 tesis contra las indulgencias y la avaricia de la Iglesia Católica, Martín Lutero había iniciado el camino de la Reforma. Teólogo y humanista, Lutero había comprendido que la promulgación de indulgencias por el papado se salía de las enseñanzas recogidas en la escritura y era una exteriorización de la profunda degradación en la que había caído la Iglesia, más preocupada por los dineros y la comodidad terrenal, que en la piedad y la religiosidad. Con el tiempo, Lutero llegó incluso a dudar de la infalibilidad del papa y de varios dogmas establecidos en la Fe como por ejemplo el de la Inmaculada Concepción.


En pleno siglo XXI, nos encontramos con que la institución de la Iglesia Católica sigue anclada en el siglo XVI y cada vez retrocede más. No termina de encontrar su lugar en la sociedad y solo fanáticos incondicionales de dudosa catadura moral como los Legionarios de Cristo, Opusdeistas y los famosos Kikos son capaces de elevar la voz en defensa de una institución que se encuentra perdida entre sus ínfulas de representantes de Dios en la tierra y moderadores éticos de la sociedad.

En los años 70-80 del siglo pasado se desarrolló en Sudamérica un movimiento teológico que a la postre sería conocido como la Teología de la Liberación. Sus precursores, al igual que había hecho Lutero 400 años antes, criticaban duramente el posicionamiento político de la Iglesia en América Latina, alineados al lado del poder represor y dictatorial de los regímenes que en ese tiempo campaban a sus anchas por la zona. Básicamente, estos sacerdotes venían a plantear que el lugar de la Iglesia estaba con los pobres, con los reprimidos. Y no con los poderosos, alimentando su vanidad a la sombra de los dictadores y justificando y jaleando sus actos. Esto no era nuevo, ya en los 50 los obispos españoles paseaban al dictador Franco bajo palio. Pronto, estos sacerdotes fueron tachados de comunistas y se convirtieron en objetivos de la guerra sucia que los gobiernos dictatoriales emprendieron contra su propio pueblo. Hace poco se cumplieron 20 años del asesinato de los Jesuítas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes e Ignacio Martín-Baró (para no dejar testigos también fueron asesinadas Julia Elba que trabajaba en la Universidad y su hija de quince años Celia Ramos), en la Universidad Centroamericana de El Salvador. Y supongo que todos recordamos el desgraciado caso de Monseñor Romero. Elevado por Pablo VI a Arzobispo de El Salvador por su docilidad como candidato conservador, resultó que Oscar Romero se congració con el pueblo y comienza a predicar en defensa de los derechos de los pobres del país y la feroz represión de los militares. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado mientras oficiaba misa. Juan Pablo II miró a otro lado cuando fue propuesto para elevarlo a santo mártir, estaba demasiado ocupado en canonizar a Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei.


Lo que no consiguió la terrible represión militar lo consiguió el papa Juan Pablo II con unas cuantas excomuniones y un par de encíclicas: Libertatis Nuntius de 1984 y Libertatis Conscientia de 1986 que en la práctica declaraba la Teología de la Liberación como una herejía. Para ello empleó el arma más eficaz que ha inventado la Iglesia para reprimir y extirpar de su seno el mínimo síntoma de autocrítica que ponga en peligro el estatus de privilegio de la Iglesia: la Inquisición, hoy en día llamada Congregación para la Doctrina de la Fe, que casualmente en aquella época la dirigía con mano férrea un tal Cardenal Ratzinguer (hoy día más conocido como Benedicto XVI).

Hoy día Benedicto XVI sigue controlando con mano férrea todo lo que se cuece en la Iglesia, colocando a sus afines en lugares estratégicos (como a Rouco Varela en España). Mientras, la institución se empeña en regodearse en el barro de su propia inmundicia, defendiendo a ultranza a todos esos curas pederastas y violadores capa y espada.

A la Iglesia Católica le salen pederastas hasta de debajo de los altares, las denuncias y los escándalos son diarios conforme las víctimas van perdiendo el miedo. Un miedo que es indicador del poder que aún mantienen los curas en sus comunidades, y del poder de encubrimiento que tienen sus superiores para esconder sus miserables delitos y no hacer nada para evitarlos. La última ocurrencia de Ratzinger ha sido “condenar el pecado y perdonar a los pecadores”, obviando una vez más a las víctimas de los abusos. ¡Con dos cojones!, un par de rezos y aquí no ha pasado nada. La Conferencia Episcopal Española, saca a la calle a miles de energúmenos que lanzan consignas contra el aborto (no abortes, sí a la vida, deja que crezcan y se conviertan en víctimas de los curas pederastas), jaleados por orondos obispos amantes de la vida. Amenazan con excomulgar a las señoras que aborten, a los diputados que aprobaron la modificación de la Ley del Aborto en el Congreso (al Rey que con su firma sanciona la Ley no, que aún hay clases) y los muy impresentables excusan, justifican, perdonan, ocultan y encubren a los curas violadores. ¿CÓMO PUEDE SER ESTO? ¿A qué nivel de degradación moral ha llegado la Iglesia?

La sociedad ya ha aguantado bastante estas fechorías y cada vez son más los que alzan sus voces pidiendo justicia y muchos más los que reniegan de esta organización de estructura mafiosa. Pero creo que a todas estas, ya va siendo hora de que surja un nuevo Lutero, que tenga la valentía de colgar a las puertas del Vaticano las tesis contra la corrupción y la depravación que campa a sus anchas en el interior de la Iglesia. Que se monte una nueva Reforma que mande a su casa al Benedicto XVI y a toda la caterva de impresentables que barren el suelo a su paso; que monte un Cisma como Dios manda. Si esto fuera así, incluso mi conciencia atea llegaría a considerar que de la Iglesia puede salir algo bueno.


domingo, 21 de marzo de 2010

El Pozo de Las Brujas


El sábado 20 de marzo una amiga aruquense me envió el siguiente e-mail.

<< Hola :
Hoy bajé al mercadilla y de vuelta para casa, sobre las once y media, en la plaza había una concentración de personas. Me acerqué entre la gente y ví expuestas una serie de cajitas de difuntos rodeadas de la bandera republicana. Era un acto tan emotivo, cuando los introducían en los coches fúnebres (tres), sólo se oían los aplausos de los presentes. Claro, en el momento supuse que eran los asesinados en el pozo y por la gente presente indudable: Sergio Millares, Pino Sosa, Manolo Lobos, alcalde, concejales...; un grupo de personas enarbolando la bandera republicana y el resto en pie y en silencio. Acompañé al cortejo lo que es la calle León y Castillo; después seguí para mi casa por la calle de siempre y ellos bajaron por la calle de la tienda de Pepe el árabe hacia el cementerio, pues los enterraban a las doce. Qué acto tan emotivo y tan justo. Con este tipo de hechos me reconcilio con nuestra especie y resucita mi fe en el ser humano al comprobar que es capaz de asumir sus errores y de no volverlos a cometer, supongo. Puede que sea una ilusión, pero me emocioné.>>

Ojeando la prensa encontré lo que mi amiga me comentaba.

Varios centenares de personas despiden a 24 demócratas del Pozo de las Brujas

http://www.canarias7.es/articulo.cfm?id=161780

En el foro de este periódico aparecen comentarios diversos sobre el acto y las víctimas de la guerra. En cualquier guerra siempre se cometen barbaridades por los dos bandos, y no podemos decir que en la Guerra Civil española los de un bando eran los buenos y los otros eran los malos…Pero no olvidemos que los franquistas, los ganadores de la contienda, dieron un golpe de estado en contra de un gobierno democrático establecido..Y luego una vez instaurada la dictadura se cometieron muchos asesinatos…

Ahora se trata de enterrar a los muertos que no se pudo hacer durante los cuarenta años de franquismo más unos treinta de democracia.