jueves, 7 de mayo de 2009

El caso de la rubia celosa

Me removí nervioso en el sofá. Alargué la mano hacia la copa y aproveché para recolocar mi culo sobre el maldito sofá de Ikea.
¿Puede repetirme toda la historia desde el principio?, quisiera tomar notas. Dejé la copa en la mesa y arrastré una libreta hacia el borde mientras rebuscaba en un cajón bajo el escritorio en busca de un bolígrafo o cualquier cosa que me sirviera para escribir.
La mujer comenzó de nuevo a relatar toda su historia. Yo ponía cara como de interés mientras garabateaba sobre la hoja de la libreta con un bolígrafo rojo que estaba en las últimas. Alternaba la mirada entre la hoja y el escote de la rubia, era lo que más tenía a mano, ya que durante toda la visita no había levantado la mirada del suelo. Se limitaba a hablar y a parlotear tonterías mientras inspeccionaba la mugre del suelo de mi oficina.
La cliente, a quien voy a llamar la rubia, ya que como profesional de la investigación privada mi deber de confidencialidad es sagrado, cayó en mi oficina sobre las cuatro de la tarde, unos minutos después de que yo abriera el despacho. Y digo cayó porque una mujer como esa no entra, irrumpe; era una mujer que no pasa desapercibida en ningún lado. Será porque a donde quiera que mires, siempre verás un poco de ella de reojo. Se presentó, me dio la mano muy nerviosa y se sentó sobre la única silla que se encontraba frente a mi mesa en el despacho principal. Resultó que la silla era cuatro tallas menos de la que necesitaba su culo, o tal vez ocho. Sin dejarme hablar comenzó a contar su historia, pero hablaba tan rápido que no podía entenderle nada. Intenté interrumpirla un par de veces, pero ella no me hizo caso, y continuó con su cháchara, incoherente y desordenada. Así que me dediqué a examinar su escote. No es que vistiera de una forma escandalosa, ni mucho menos lujuriosa. Y tampoco se puede decir que llevara un escote demasiado generoso. El caso es que sus tetas eran tan enormes que parte de ellas pugnaban por escaparse del sujetador y de la camiseta blanca con flores rosas que llevaba puesta. Y es que con semejante camiseta es normal que sus tetas intenten huir, mis ojos casi me arden en las órbitas cuando la vi entrar. Deberían detener al chino que vende estas cosas. Divagué de tal forma que no me di cuenta de que la rubia había terminado su relato, y yo que aún la miraba con la boca abierta de la impresión solo atiné a decirle ¿puede repetirme la historia desde el principio?, quisiera tomar notas. Y ella sin levantar la vista del suelo lo repitió todo, pero esta vez más calmada y con más orden.
Después de un buen rato, cuatro copas más, y dos hojas llenas de dibujitos ella terminó de hablar. Solo la interrumpí un par de veces para aclarar las cosas. Nos quedamos los dos en silencio, ella mirando al suelo, y yo mirando un espacio en blanco entre su escote y la nada. Arranqué un trozo de papel en blanco de la libreta, escribí un número y lo arrastré hasta el borde de la mesa. Estos son mis honorarios, la mitad por adelantado y la otra mitad cuando le entregue el informe con mis conclusiones. Si acepta puedo empezar hoy mismo. Ella levantó la cabeza y asintió, sólo entonces pude ver sus enormes ojos azules, tristes y apagados de amargura. Hurgó en su bolso, sacó una cartera, contó unos cuantos billetes y los puso sobre la mesa. Junto al dinero colocó una foto y con el bolígrafo que le ofrecí escribió detrás una dirección y unos datos. Se levantó y sin decir nada, se marchó.
Me quedé mirando la foto y las palabras escritas al dorso. Menuda pinta, pensé. ¿Y esta mujer está enamorada de este individuo?, si debe tener diez años más que ella por lo menos.

El individuo en cuestión, al que a mi deber profesional y el compromiso de confidencialidad me obliga a llamarle el calvo, era como poco cuatro tallas más ancho que su pareja, calvo, con ojos pequeñitos que se ocultaban tras unas gafa pequeñas, una papada que hacía desaparecer su barbilla. Vestía un traje negro con una rosa en el ojal, camiseta blanca y una pajarita que debía haber comprado en el mismo chino que la camiseta de su amor. Daba tanta grima que entraban ganas de meterle la rosa por el culo, con espinas incluidas.
El amor es ciego, dicen, pero el dinero además es sordo y mudo. Así que cogí el fajo de billetes y me fui directo a la dirección que me había indicado la rubia.



Mientras mi sobrino se tragaba una hamburguesa yo me bebía una cocacola con pajita y miraba de reojo el culo de la chica de la limpieza, que fregoteaba con garbo una enorme mancha de grasa en el suelo. Si quería resolver con rapidez El caso de la rubia celosa no me quedaba más remedio que acudir a un profesional de la informática. Y a falta de algún amigo que me ayudara en el asunto sin que me exigiera la devolución de uno de esos pequeños préstamos a los que he ido recurriendo entre mis amistades, o ex-amistades a estas alturas, tuve que recurrir a mi sobrino. Un pequeño cabroncete de quince años que sabía más de informática de la que podría yo aprender en dos vidas. Quedamos para merendar en el Macdonals de Triana y le conté la historia, o parte de ella en honor a mi deber de confidencialidad para con mis clientes…aunque al final tuve que contarle toda la historia. Maldito cabroncete. Aprovechó para pedirse otro menú y comenzó a hacerme preguntas mientras se partía de la risa.
¿Me estas diciendo que tengo que entrar en Second Life y seguir a un tontolculo hasta ver si lo puedo pillar metiendo la bragueta donde no debe? ¿Pero eso es en serio? Ya te he dicho que su mujer, que es bastante rarita ella, me ha contratado para esto. Comprobar que su marido le pone los cuernos con alguna fulana en el chat ese, Second Life. ¿Podrás hacerlo? Hombre, registrarse y entrar es fácil, el problema es encontrarlo. Si pudieras darme su nick lo encontraría sin mucha dificultad. Luego sería cuestión de seguirlo sin que me pille hasta que meta la pata, o cualquier otra cosa. ¿Y qué coño es eso de Second Life? Yo he entrado algunas veces, pero me resulta aburrido. Es una especie de mundo virtual donde la gente interactúa unos con otros, se pueden hacer muchísimas cosas, incluso comprar terrenos y construir casas. La rubia me escribió esto detrás de la foto, ¿podría ayudarte?
Dejó la hamburguesa a un lado y observó divertido la foto. Menuda pinta gasta el tipo este, me lo encuentro en un callejón por la noche y pido ayuda a gritos. Le dio la vuelta a la foto y leyó lo que la rubia había escrito. Cogió una servilleta y copió el texto, luego me devolvió la foto. Con esto podré localizarlo sin ningún problema, lo que no puedo decirte es cuanto tiempo tardaré en conseguir lo que me pides. Y desde ahora te digo que si son más de cinco días te buscas a otro tonto, que yo tengo cosas más importantes que hacer que seguir a un imbécil por Second Life.
Tiré el vaso de plástico de la cocacola sobre la bandeja y me levanté guiñándole un ojo. Quedamos que si consigues las pruebas te doy cien euros, y cuanto antes las consigas antes cobras. No te preocupes tío, en cuanto lo pille con los pantalones en las rodillas, hago unas cuantas capturas de pantalla y te las envío por correo electrónico. Perfecto entonces, me despedí con un gesto y me fui.
Al salir a la calle, cogí el teléfono móvil y marqué un número. Era hora de dar el primer informe a la Rubia.

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Tres días más tarde estaba en mi despacho bebiendo un buen whisky de la oferta del mes del Carrefour. Había contado los cuatro mil euros restantes por finalizar la investigación de la Rubia. Finalmente había resultado que sí que era una cornuda, el cabronazo de mi sobrino me había enviado las pruebas el día anterior. Yo, diligente, avisé a mi clienta y la cité para hoy. Pensaba que iba a montar una escena, llantos, gritos, gemidos, desmayos. Ya estaba pensando en cómo izarla del suelo si llegaba a desplomarse en un vahído. Pero no. Se limitó a recoger el sobre con las imágenes impresas, las observó con tristeza y me dio el dinero acordado. Y luego se marchó sin despedirse.
Estaba divagando con estos pensamientos cuando sonó el timbre de la puerta. Aparté cien euros del montón de pasta y metí el resto en un cajón bajo llave. Abrí la puerta y entró sonriente mi sobrino, se espatarró en el sofá de la sala de espera y levantó la palma de la mano. Le dí el dinero prometido y le pregunté cómo había conseguido las fotos comprometedoras, ¿tuviste que seguirlo mucho tiempo? En realidad no le seguí. Simplemente me creé un avatar femenino, una tía rompedora, me hice el encontradizo con el tipo en cuanto lo localicé por Second Life. El resto fue bastante fácil, una conversación casual, un par de copas, ¿me llevas a casa?, sube para tomar la última copa y de ahí directamente a bajarse los pantalones. En la ESO se aprenden muchas cosas.
Pero entonces no había constancia de que le pusiera los cuernos antes de que te conociera a ti. Me quedé perplejo por unos instantes, pero mi sobrino se levantó despreocupado y levantó la mano. Pues no lo sé, y me da igual, lo que verdaderamente me interesaba lo tengo en la mano. Y con la brasa que me dio el jodido bien que me lo he ganado. ¿Brasa? Pues que en cuanto cogió confianza empezó a contarme su vida. Que si su mujer era muy ardiente, que si lo tenía agotado, que si todo el día dale que te pego, que si por lo menos con el ordenador podía evadirse un poco y tener una charla amable sin que el sexo sea el motivo de la conversación, que si él prefiere el amor y el cariño. Pero…¿entonces como conseguiste llevártelo a la cama? ¿Pero quien te ha dicho que me lo llevé a la cama? Pero…¿y la foto? Buenooo, eso es solo un montaje, le pillé cuando estaba meando en el baño, un par de capturas de pantalla, un poco de fotoshop y se hace un montaje que no eres capaz de pillar el truco. Cien euros son cien euros, tío. Y sin más se largó de la oficina dejándome sumido en un mar de dudas.


Me planteé si era ético engañar a un cliente, además las pruebas aportadas con toda seguridad provocaría un divorcio. Y encima le había cobrado ocho mil euros por un simple montaje infográfico. Ya sé que la historia era muy surrealista. Una pareja que se conoce por Internet, que pasan la mayor parte del tiempo enganchados al ordenador, metidos en mundos artificiales para llenar el vacío de sus tristes vidas. Me los imaginé en su casa, ella acariciándolo por la espalda, metiéndole la mano por la camiseta. Él rehuyendo, absorto en su realidad virtual. Ella ardiendo dentro de su picardías talla ballenato (de encaje negro, supongo), intentando convencerlo para llevárselo a la cama. Aquél tipo que se cansaba por subir las escaleras hasta su casa. Seguí pensando en la historia, la Rubia que ni discutió el precio de mis servicios, que ni miró las fotos impresas, que ni siquiera pareció sentirse ofendida por los cuernos. Que si lo pienso bien parecía aliviada.
Me serví un buen vaso del whisky de garrafa, y me quedé observando el fondo del vaso. Y de repente lo entendí todo. Lo que ella pretendía era acabar con su matrimonio con un esposo inapetente y aburrido. Pero debía hacerlo de forma que pudiera culpar a su esposo. Por eso contactó conmigo, un detective venido a más, cuyo mayor éxito fue resolver el caso del asesino que se olvidó su DNI. Un tipo sin escrúpulos que haría lo que fuera con tal de ganar el dinero, alguien que no tuviera el juicio suficiente para plantearse el fondo del problema. Me eché un largo trago del brebaje de oferta. Muy lista la Rubia. Una mujer de armas tomar. Una mujer que ahora estaría sola, falta de cariño y necesitada de alguien que la consolara. Alguien que admirara todo su esplendor embutido en un picardías de encaje negro. Tiré la botella de whisky a la papelera (pensaba que la venta de veneno estaba prohibida), cogí el móvil y marqué el número de la Rubia.

3 comentarios:

Juan G. Marrero dijo...

Hoy cuando estaba haciendo mis carreritas con la bici, en cada vuelta veía y volvía a ver a una "chica" que también hacía ejercicios paseando su hermoso cuerpo...¿Sería la misma rubia...?

Karnak dijo...

donde das esos paseos?

Mensy dijo...

Claudio ya había leído este relato tuyo y me pareció muy bueno, aunque creo que nunca contrataría al detective salido ese..jajaja.....